Hig
es un tipo joven. Vive en las montañas con el cincuentón Bangley. A
veces Hig coge la avioneta y vuela hasta la apocalíptica, devastada,
casi desértica ciudad para coger Sprite u otro capricho. Ha decidido
dejar a Bangley y partir en busca de algo más, de un rastro de
civilización, de esperanza.
En
otras ocasiones he comentado que Ridley Scott es mucho
mejor cuando dirige ciencia-ficción que cuando dirige pelis de
Historia o cualquier otra cosa. Cuando toca la Historia es un
energúmeno. La gente ve esta peli y dice: ¿por qué no ha rodado
una peli del Oeste? Porque es realmente una peli del Oeste. Y yo
pienso: déjale tranquilo. Si hubiera rodado una del Oeste habría
querido meter una avioneta, un naufragio en el desierto o un tiburón
de las arenas.
La
peli, por otra parte, sigue esa estela del cine apocalíptico nómada:
gente errante que encuentra amigos, enemigos y deciden en quién
pueden confiar o no. Algo así como The Road venida a
menos. O incluso El libro de Eli también venida a
menos.
La
peli discurre plácida, tranquila, centrada en unos personajes que
tampoco tienen mucho que contar salvo un trauma que repiten varias
veces. En cierto momento Scott se da cuenta de que esto es
cine de Hollywood y mete unas cuantas explosiones, tiros y escenas
lisérgicas para cerrar con un epílogo pausado que se me hizo
demasiado largo.
Lo
siento si no cuento algo del fondo, del mensaje, de rascar bajo la
metáfora de la ciencia-ficción. Pero es que creo que no hay nada
más que lo que se ve, lo obvio.
Se
deja ver, a veces aburre, los encuentros te despiertan un poco por el
reparto y por ver qué pasa con esa nueva situación, pero es
bastante elemental.
Jacob
Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley, Guy
Pearce y Allison Janney. Tú y yo sabemos que debieron
estar mejor aprovechados.

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