80
minutos que parecen diseñados con un metrónomo. Basta con ver la
secuencia de arranque, la cena, para adivinar que estás ante un
guion de precisión matemática. Presentación de personajes,
diálogos, estructura… Fluidez. Imposible distraerse. Te sumerge en
ese entorno con gracilidad y habiendo planteado lo sustancial. Una
familia casi aristocrática de 1912 a punto de casar la hija con un
aristócrata completo. Muy majos todos.
Y
entonces llega un inspector hablando de la muerte de una tal Eva
Smith.
Es
la historia de una enorme coincidencia… o de una familia prepotente
con tentáculos muy largos. Y frente a ellos -o debajo de ellos- Eva
Smith. O Daisy Renton. U otro nombre.
Ya
he comentado en otras ocasiones que sí se escriben buenos guiones en
la actualidad. Pero no así. No como estos. No con ese ir a lo
esencial, esa economía de medios, esa armazón tan férrea. Y eso
que tiene su parte de melodrama estilo La pequeña cerillera.
Pero no es obstáculo para el ritmo impecable.
Aquí
no importa quién es el culpable de la muerte. Se trata de desmontar
la alambicada moral de una clase social, de exhibir las psicologías
del poder, de hurgar en esos caracteres que se consideran impunes por
su profesión.
La
peli trata de la conciencia. De esa culpa rechazada que vuelve como
un moscón insobornable.
El
final es una maravilla. Tras un instante de conmiseración y
buenismo, de sentimentalismo barato, regresamos al cinismo:
-Supongo
que ahora todos somos buena gente.
Qué
prodigio ese vuelco narrativo. Perdón: esos dos vuelcos narrativos.

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