Hay
que reconocerle a Amélie Nothomb que ha sabido sacarle mucho
partido a su experiencia como belga expatriada en Japón desde la
literatura y el cine. Nació allí porque su padre era diplomático.
Bebe de las 2 culturas y es lo que cuenta: el choque cultural.
El
brutal choque cultural.
Porque
Japón es difícil. El núcleo de la peliculita (77 minutos) está
en esa discusión entre la niñera Nishio-san y la casera
Kashima-san. Una fuerte disputa que expresa la radical diferencia
entre Japón y el resto del mundo. No es sólo la experiencia de las
bombas atómicas, lo que Occidente hizo a Japón. Es la cultura
intransferible, es la voluntad de no mezclarse, es el deseo de que
Japón permanezca siempre anclado a unas tradiciones inmutables. No
quieren nada de fuera y tampoco quieren que otros adopten su cultura.
Una especie de solipsismo nacional.
Obviamente
Amélie cuenta cómo imagina, siendo adulta, qué imaginaba
siendo niña entremezclado de recuerdos reales. Creo que la animación
le viene bien a ese concepto, una especie de cuento que se cuenta a
sí misma. Me gusta su estética colorista, de formas diluidas,
fluctuantes.
Aunque
el centro de la historia sea el choque cultural también cuenta su
entorno familiar (padres y hermanos) y el amor por la primera
extraña: la abuela. ¿O fue amor por el chocolate blanco? Luego su
amor por Nishio, la niñera, casi como una segunda madre.
Una
historieta dulce, nostálgica, un poquito dolorosa, que trata del desgarro de una niña
que se cree japonesa siendo belga y cuya incómoda dualidad
permanecerá ahí toda la vida.
Una
vez más el título español me parece estúpido. ¿Por qué en
inglés?






