Astrid,
de la rica familia Carlson, posee dos violines y una viola
Stradivarius. Al fin compra por 10 millones el cello Stradivarius que
le faltaba para un cuarteto de una obra de Charlie Beaumont. Ahora
sólo necesita a 4 grandes músicos… y que no se maten entre ellos.
Qué
interesante. Hay detalles fabulosos como ése en que los 4 músicos
deben viajar en coches distintos por requerimiento de los seguros de
los instrumentos de cuerda. O el jacuzzi, que “reacciona”
conforme a la situación anímica. Pero obviamente el núcleo está
en los personajes. Y es curioso porque tampoco profundiza mucho en
ellos. Apunta un par de matices sobre su personalidad, deja que el
espectador suponga por su cuenta y se limita a mostrar conflictos
sobre si esta nota debe sonar así o no.
Por
otra parte está la cuestión de la comedia. En sentido estricto no
es una comedia. Habría sido muy fácil exagerar los caracteres y
construir un relato vivaracho, alocado. Sin embargo optan por el
drama, por la composición de personajes serios. Y el espectador va a
descubrir la comedia en la impostura, las manías, el egocentrismo de
cada uno de ellos. En ese sentido es un drama con toques sarcásticos,
un poco ácido, un humor derivado de la psicología de los
personajes, de su humanidad. Qué logrado el retrato de personajes.
El
montaje, con cortes abruptos y saltos narrativos, ayuda mucho a esa
aparente sequedad en la narrativa mientras vemos cómo la trama
evoluciona con rapidez.
Cuando
Astrid piensa que la solución sería traer al propio compositor en
persona, descubre que tal vez sea el más excéntrico.
Una
bonita metáfora de la vida, de las relaciones humanas, del laborioso
logro de estar en sintonía. Sin ser explícito ni moralizante ni
vender ideologías. Sin artificios, sin alargar las escenas más de
lo debido, desde la contención.
Se
les da bien a los franceses este estilo de cine, pero Los
músicos es excepcionalmente buena.






