Hay
países que existen
de milagro.
Enseguida
vemos
que aquí aplican la virtud de ser desagradable con los demás. Todas
las interacciones humanas consisten en estar de morros. Nadie quiere
saber nada de nadie. ¿El tío con el que te acostaste anoche? Cierra
la puerta al salir.
Laura, la inspectora, dice que no está en la policía para ser
popular. Y lo consigue.
Al
fin, cuando comunican el asesinato de la hija, alguien se conmueve.
Es
una película muy triste. El primer plano es un árbol contemplado a
través de unas persianas de varillas. Podría ser bonito, pero está
fotografiado de una manera tan mortecina, tan lúgubre, que se
incrusta para toda la película. Que era su intención.
Creo
que es un retrato psicológico y social muy honrado. Por lo visto la
palabra checa “stvury” se traduce como “monstruos”. Muy
acertado. Son personajes muy reales, muy auténticos. Laura reconoce
que no quiere aceptar la responsabilidad. Seguir para adelante. Un
caso, luego otro, hasta que el pasado se diluya.
El
planteamiento es convencional: interrogatorios a sospechosos e ir
descartando. Pero hay algo curioso en la planificación y el sonido.
No es nada llamativo ni original. Es ese prolongar los silencios,
introducir el sonido de un plano en el plano anterior, demorarse en
los trayectos, dejar que crezca la incomodidad a fuego lento…
Fotografía triste pero hay una peculiar elegancia en la cámara, en
mostrar más que en explicar, en personajes con muchos defectos.
Adam, el otro inspector, es un tipo horrible, con unos arranques de
violencia mostrados con una sequedad que asusta.
Como
película policiaca no es sorprendente pero funciona muy bien como
drama. La investigación es menos relevante que el retrato de un
clima moral.






