Disney
tiene muchas películas sobrevaloradas. Muy sobrevaloradas. Pero la
más infravalorada es Taron y el caldero mágico.
El
diseño de personajes no es muy novedoso. De hecho es similar al
habitual y hasta un poco arcaico. Pero los fondos… Los fondos son
una preciosidad, un cambio de estilo muy bienvenido. No tienen mucha
movilidad pero pienso que precisamente eso, ayuda a la contemplación.
Podemos dedicar un tiempo a mirar esas cavernosas y siniestras
cámaras del castillo, los bosques, las rocas… Tienen una textura
nunca antes vista en Disney, una solidez de diseño muy atractiva y
acorde con la historia de espada y brujería que se cuenta.
Es
un poco raro que a la cerdita Hen Wen, tan importante al principio,
se la dejen olvidada durante gran parte del metraje.
Todo
lo demás es una condensación del género, un poco más oscura de lo
normal. En 80 minutos hay una depuración de la épica fantástica
que tal vez juega un poco en su contra por introducir demasiados
elementos, pero por otra parte ofrece a la narración un ritmo
intenso. El viaje del héroe se mueve a pasos de gigante: porquero,
viaje, error de pardillo, enfrentarse al peligro, equipo de
colaboradores, enfrentamiento definitivo al mal, redención… Está
bien que subvierta alguno de los elementos.
Hay
que destacar el modo de trabajar algunas escenas, como borrosas por
los focos de luz o con colores psicodélicos como en la resurrección
de los esqueletos.
En
cualquier caso, como digo, su gran baza está en la estética de los
escenarios, una labor de diseño con un estilo muy definido con
algunos planos espectaculares.






