Aurélien
es un famoso rapero francés. Tras el último concierto descubre que
el éxito no le dice nada. Su esposa japonesa está embarazada y
deciden desconectar del mundo y mudarse a una casita perdida en
Japón. La casa tiene un pozo raro. Y una armadura más extraña aún.
Aunque
se desarrolla en la actualidad, es una película de aire muy
ochentero. Me recuerda a esas aventuras tipo Golpe en la Pequeña China
o Agárrame esos fantasmas.
Aventuras exóticas, situaciones absurdas, locuras inesperadas.
La
armadura de Aurélien despierta espíritus malignos. Esos yokai son,
en
el fondo, expresiones de sus
propios conflictos y miedos. Por ejemplo, la primera criatura
(pegajosa, inmovilizante) se parece al padre. Aquí
funciona bien la metáfora obvia. Un tipo agobiado por la fama,
críticas en redes, amenazas, sensible a las opiniones y se añade el
miedo a la paternidad. Se recubre con una armadura para protegerse
pero es la propia armadura quien invoca a los yokai.
Me
gusta bastante pero admito que no es muy buena. Simplemente encajo
bien con ese espíritu sencillo y juguetón. Me hace gracia esa
pasividad con que Aurélien recibe todo en un inicio y cómo deja
que, en situaciones de peligro, sea su esposa la que se adelante.
Para algo es experta en Artes Marciales Mixtas. Aun embarazada.
Es
el proceso de maduración de un tipo que aún está anclado en la
adolescencia mental. El intento por superar su primera crisis
matrimonial. Tal vez no se necesitan tantas peleas fantasmales pero
su ambientación -a caballo entre Francia y Japón- es resultona.
Oriente con sus tradiciones y mitos frente al excesivo racionalismo
europeo. En Oriente siempre hay algo más en la trastienda de
negocios aparentemente normales.
Creo
que no termina de funcionar el juego meta Aurélien-Orelsan,
personaje e intérprete. Rebasa la metáfora para dar doctrina. Esa
mirada de superioridad moral. Algo tosco. Tan
explícito como un gangsta
rap.
Entretenida.
No le pidas mucho.






