François
es un escritor de novelas policiacas. Colette es profesora de cine.
Su matrimonio está en crisis.
Está
claro que se derriten con Hitchcock. El momento de arranque
decisivo conjuga La ventana indiscreta con Psicosis.
A su manera paródica. Me pareció tan inteligente como divertido.
Las referencias son explícitas, no lo ocultan. Ella está analizando
en clase La ventana indiscreta y la mencionan
continuamente. Pero citan -y analizan- muchas otras.
Y
si buscas a Hitchcock paseándose por ahí, también lo vas a
encontrar si quieres.
Una
cosa que me encanta es el debate sobre la tensión sexual no
resuelta. François
opina que no debe
resolverse,
la editora que sí. Ya sabes que yo estoy de parte del escritor. Sólo
debe resolverse en el final. El problema, en el ámbito personal del
protagonista, es que esa tensión es una expresión de la
relación con su esposa, de las dificultades maritales.
La
vívida imaginación de François nos hace ver lo que escribe: las
aventuras detectivescas decimonónicas. ¿Necesario? Poco: para
explicar cómo es él. Sin embargo no son necesarias tantas
ensoñaciones. Pero da igual. Hace la narrativa más divertida.
Lo
mejor es, sin duda, cuando oímos de fondo la entrevista que le
hicieron a Hitchcock en el año 1971 explicando cómo usa el
suspense y, simultáneamente, coincide con lo que vemos en pantalla.
Pero ello provoca más la comedia que el suspense.
Muy
disfrutable para cualquiera que guste de Hitchcock,
entretenida aunque uno no sepa mucho de él. Y si los protas no
hubieran sabido un poco de James Bond (Vive y deja morir)
no estarían ahora entre nosotros.
Un
juguete liviano surgido de una mente que ama el cine clásico. Más
que suficiente para mí.






