Qué
buena. A ver: de éstas hacen en Francia una cada 15 días. Daniel
Sánchez Arévalo se ha dado cuenta de que lo que funciona en un
sitio funciona en otro. ¿O no? Así que nos vamos a Galicia.
Hace
2 años un barco naufragó y murieron 9 hombres. El pueblo no ha
vuelto a ser el mismo. Luis piensa que participar en el concurso de
rondallas puede ayudar a curar heridas, levantar los ánimos y
devolver la alegría al pueblo. Pero para eso tendrá que trapallear.
Muy
bien. Es un pueblo pequeño y todo se entrelaza. En la rondalla está
todo el mundo, el que marisquea ilegalmente, la guardia rural que le
multa, los que compran, venden. Está el mundo real que sigue su
lógica y está la rondalla donde se aparca el mundo real y aparecen seres humanos unidos con el mismo objetivo.
Hay
tres conflictos principales: Luis y Carmen, Elías y Andrea y,
finalmente, los mellizos. Ahí se trenza la trama y se desarrolla, un
poco de drama, unos toques de ternura, un poquito de humor. Un
retrato de gente que lo ha pasado muy mal -sin ponerse extremos de
cara al espectador- con ganas de superarse. Hay su punto de
inflexión, la crisis demoledoara de tocar fondo pero, de nuevo, se
remonta.
En
ese sentido el guion es muy convencional. Supongo que no importa.
Sigue la estructura que sabe que funciona. La ventaja es que se
desarrolla sin cosas inverosímiles, con buen ritmo, sin
estridencias. No hay nada forzado.
Tiene
escenas muy buenas. El cortejo de flauta en el balcón, el guiño
confeso a Karate Kid, esas conversaciones tan gallegas
(si es que son conversaciones), las uvas, el autobús de vuelta, el
número final de la rondalla…
Y
encima está bien fotografiada y se han molestado en meter un
ingeniero de sonido. Claro: la música juega un papel importante.
A
ver si cunde el ejemplo y empezamos a hacer cosas bonitas que puedan
triunfar fuera de las fronteras. Que no serán obras maestras, pero
son resultonas. Peor era CODA (además de plagio) y le
dieron un Oscar.






