Hay
quien se burla de mí por mi afición a las series australianas. Pero
qué quieres que te diga. Filman joyitas. Aquí, sin conexión
argumental, volvemos al universo de Limbo
y las minas -casi extintas- de ópalos. Es que es meterse en esos
hornos de calor, piensas en quién puede vivir ahí y lógicamente te
encuentras con unos personajes que no tienen desperdicio. Veo
que la critican, mucho, quienes leyeron la novela por su ritmo
pausado. Yo no lo he leído la novela, me parece el ritmo adecuado y
me gustan mucho sus diálogos.
Michael
Dorman
y Liv
Hewson.
Ivan
y Nell, inspectores. Los han destinado a un lugar perdido y no se
conocen. Pero tendrán que trabajar juntos si quieren encontrar a
quien decapitó a Jonas McGee. De la sheriff
local pueden fiarse tanto como de cualquier otro criminal.
Hay
tensión en cada escena, en cada diálogo, en cada encuentro. Dos
polis con todo el mundo en contra. Incluidos los polis corruptos. Una
serie de ésas
en las que todo el pueblo debería estar en la cárcel. Pero es que
vivir ahí ya es una cárcel. ¿Dónde encierras
a toda la población que asalta la casa de un muerto? Los
dejas hacer y te centras en lo importante.
El
Anillo de Hierro. No es que sea una idea nueva, pero su impunidad y
reglas arbitrarias hacen de ello algo un poquito espeluznante.
Por
otra parte quizá basta la presencia de dos forasteros para que la
ciudadanía se ponga nerviosa y empiecen a matarse entre ellos.
Puede
que en cierto momento, cuando ya has descubierto la psicología de
todos esos tarados, pierda un poco de ritmo. Pero para cuando eso
ocurre ya se acerca el desenlace y el cierre se ejecuta también con
buen paso. Así que hay pocas debilidades.
No
entendí por qué la obsesión de Phelan por perjudicar al
protagonista. Parece una capa añadida innecesaria.
Hay
unos encuadres maravillosos. No es exageradamente llamativa pero
tiene una planificación bastante buena. Treasure and Dirt:
buen título.






