Nance
trabaja en una fábrica de munición. Una de esas balas mata a su
hijo en el frente. ¿Cómo llegan las balas de la fábrica americana
al enemigo?
Trabajó
en esa fábrica para criarlo y trabajó para matarlo. Así se siente
ella. La deriva mental es la trama de la película. Desconcierto,
duelo, saber un poco más, rabia (ese bistec), imprudencias… Lena
Headey despliega un amplio repertorio de emociones en constante
evolución. En paralelo la música áspera, disonante, agresiva,
ayuda en la expresividad.
En
un principio no sabe muy bien qué hacer. La vemos actuar
erráticamente. Después emprende una campaña de odio personalizado
(más o menos cruento, más o menos “afortunado”) contra quienes
ella considera culpables: su jefe inmediato, la militar de la base,
el reclutador… A Nance se le va la cabeza poco a poco.
Muy
interesante su conversación con el traductor afgano expatriado.
Raras veces se ve en el cine estadounidense un cuestionamiento de las
intervenciones militares que emprenden. Emocionalmente son más
interesantes los choques con la nuera, a punto de tener un bebé.
Fotografía
realista, grisácea, lugares fríos. Una inmersión en la pérdida de
realidad por el trauma, un viaje a la obsesión irracional. Por
suerte queda algo de esperanza, por suerte está ese plano final.
Luego
te informan de que el 30% de los soldados de EEUU que mueren en
combate, lo hacen por balas fabricadas por ellos. Sí da un poco para
pensar.
Buena
peli. Buen desarrollo de lo que quiere contar, sin alargarse. Bien
montada para otorgarle un ritmo suficientemente atractivo.






