Así
se escribe un drama. Y así se filma. Desde la contención. No hay
gritos ni llantos incontrolados. Y eso no hace que sea menos
dolorosa. Al contrario. La procesión va por dentro. Las imágenes
evocan el dolor que no dicen las palabras. Los rostros sobrios saben
expresar la congoja y las pérdidas. Son gente gastada, ruda. Les
cuesta decir “te quiero” con palabras y piensan que bastan los
hechos.
Dusty.
Divorciado, con una hija que vive con la madre. Su rancho se
incendia. Ahora vive en una zona de autocaravanas con otros
damnificados.
Dusty
está devastado. Se ha quedado sin cosecha, sin ganado. No tiene
nada. Se considera un inútil. Pero está su hija pequeña, Callie-Rose. Callie-Rose quiere ser como su padre, una vaquera. Ella
no ve la nada de su padre. Sólo ve al padre.
La
película teje con cuidado las relaciones de padre e hija, de Dusty
con su ex, con la suegra, con los otros residentes de las caravanas.
El guion hace meros apuntes incisivos y deja que el espectador
imagine, suponga, complete. En lugar de dar todo masticado, busca lo
contrario: que sepamos poco y elaboremos.
La
fotografía está en sintonía con el relato, de una sobriedad y
belleza sorprendente, paisajes de grandes llanuras no idealizadas,
captando la naturaleza realista.
Josh
O’Connor hace un gran trabajo. Transmite emociones en cada
fotograma de forma mesurada.
Va
dejando símbolos aquí y allá: el cuento que lee Callie-Rose, las
estrellas fluorescentes, la pérdida de la casa azul, el hermano de
la abuela… Es una película construida sobre detalles, sobre
pequeños regalos, sobre tratar a las personas como quieren ser
tratadas. Una historia muy humana de gente que vive al día.
En
el fondo eso es la vida. Cualquier vida. Empezar de nuevo. Un día a
la vez. Hoy. Y luego ya veremos.
Muy
buena.






