Una
de esas películas que es entretenimiento intrascendente e incluso
vacío. Pero precisamente por eso es puro cine. Sin otra meta que el
disfrute del espectador y de quienes la realizan.
Un
grupo de tipos en la sabana africana cazando animales para zoos.
Hasta allí llega una fotógrafa.
Y
no hay más. Literalmente. Aventuras, amigos, amores, enredos de
camas, de duchas, de elefantes en cacharrerías… Una película de
aventuras que no necesita un malo. Ya está la naturaleza como
territorio a conquistar.
Dura
159 minutos y no aburre ni un segundo. Podría durar otros 159 y no
pasaría nada. No sé por qué con tanto remake no se ha hecho
una serie sobre Hatari. Capítulos procedimentales en
los que hoy cazamos un león, mañana un ñu, hoy trato de ligar a
fulanita, mañana me da calabazas. Podrías fragmentar la peli en
capítulos de media hora y ya tendrías una miniserie.
Igual
no debería dar ideas.
A
lo que voy es que John Wayne, sin estar en el Oeste, se sentía
en su salsa. La dueña del tinglado era una francesa (Michèle
Girardon) y hasta allí llegaba una italiana (Elsa Martinelli)
que revolucionaba a su paso las hormonas de un exceso de machos.
Brandy de la Court era la jefa y mantenían más las distancias.
Hoy
no se podría rodar esta peli. Ni por los animales ni por los roles
masculinos y femeninos ni por el modo de representación de las
tribus. Probablemente no podrías rodarla porque los puritanos de hoy
la verían demasiado divertida.
Howard
Hawks detestaba el feminismo pero creaba mujeres muy
independientes y cuando dijo que de los diez mandamientos del cine
los nueve primeros eran “entretener, entretener y entretener” lo
aplicó con una contundencia que pocos han igualado.
Te
sientas a ver Hatari y te levantas con la sensación de
haber perdido el tiempo. Gustosamente y mejor perdido que nunca.