-Odio los espejos. Siempre hay una chica
estúpida mirándome.
Tal
vez muchas respuestas están en la historia, la tradición. Disney tiene sus
mitos: institutos, festivales de primavera, graduación. No tienen historia,
sólo biografía. Pero coges una serie británica y tiene el espíritu de Dickens,
de Sherlock Holmes, de Shakespeare.
Lo llevan en la sangre, en la cultura, en el ADN.
Bastante
mejor de lo que me esperaba. Anthony Lockwood es un personaje salido de Arthur
Conan Doyle, Lucy es dickensiana, George es el secundario de un teatro
shakesperiano (el amigo extravagante y chistoso). Los fantasmas respiran las
atmósferas de Wilkie Collins y a veces se cuela el rastro de Doctor Who.
Quizá
me estoy pasando, pero esperaba algo muy simple y resulta que hay algo más.
50
años atrás los fantasmas vinieron al mundo. Hay toque de queda por la noche. Algunos
adolescentes tienen facilidad para percibirlos y se convierten en cazadores de
fantasmas. A los 13 años empiezan a jugarse la vida. Lucy Carlyle tendrá una
experiencia traumática y buscará otra agencia que la contrate. Sólo la
marginada agencia Lockwood la acepta.
Es
interesante descubrir las reglas de ese mundo, es intrigante la conspiración
que hay detrás, está bien desarrollado el drama adolescente y conserva siempre
un tono adecuado. Ni ñoño ni demasiado brutal. Pero con sus momentos duros, con
conflictos.
Alrededor
afloran organizaciones gubernamentales, coleccionistas de reliquias, grupos
pro-fantasmas, personajes secundarios sugerentes como Flo… Un universo muy
coherente y bien entrelazado. Una aventura muy lograda.
Así
es la cosa. Disney tenía el monopolio del cine y series adolescentes. Por
dejadez permitió que se lo arrebataran. Y Netflix se adueñó de él con Miércoles y Agencia Lockwood. Hacía tiempo que no me acercaba ni con un
palo a series de este género y ambas han logrado engancharme.
-Los
rusos creen que los franceses son cobardes. Y tienen razón.
Mathieu
es director de la Alianza Francesa en Irkusk, Siberia. La FSB organiza contra
él un Kompromat: una acusación falsa, un compromiso del que no puedes salir. Es
decir: una oferta que no puedes rechazar. Lo acusan de pedofilia.
El
primer tramo no me gustó, pero es problema mío: no me llevo muy bien con las
películas carcelarias. Hay un par de obras maestras sobre el tema, pero las
demás no hacen más que repetirse. Es una parte dura y, lo reconozco, bien llevada.
Después viene el arresto domiciliario a la espera de juicio. Una situación
kafkiana en la que se explica más o menos qué ha llevado a esa absurda
situación.
Luego
viene la fuga.
Hay
cosas un tanto inverosímiles y con frecuencia no entiendo la motivación de
algunos personajes, particularmente Svetlana. La embajada francesa queda fatal.
Jérôme Salle, el director, se ceba bien. Aunque, claro, son franceses y
tal vez la actitud sea comprensible para ellos. Al fin y al cabo cuando se usa
la palabra colaboracionismo uno siempre piensa de entrada en Francia.
Pero
ahí está el protagonista que aun siendo francés, como es algo personal, no
puede aceptar ciertas cosas, ciertos compromisos.
No
es gran cosa pero resulta entretenida y sabe mantener la tensión durante todo
el metraje.

Lydia
Tár (Cate Blanchett) es directora de la Filarmónica de Berlín, casada
con la primera violín (Nina Hoss). Ambas tienen una hija. Una vida de
éxito. Hay un nombre, Krista Taylor, alguien a quien nunca conoceremos, alguien
del pasado, que planea en la vida de Tár. Influirá en sus decisiones, le hará
cometer errores, dinamitará su vida.
Tár
es una disección de la psicología de un personaje, es una nueva pregunta sobre la
diferencia entre la obra del artista y la vida del artista, sobre la
cancelación, sobre la fabricación de robots por las redes sociales, sobre una
sociedad manipulable. Sobre todo es una película muy buena.
Hay
una secuencia importante: la clase con el alumno Max. Está rodada en un único plano de 10 minutos
que es una maravilla. Tiene mucho sentido porque más adelante veremos qué
ocurre cuando el montaje fragmente ese relato. Pero además contiene dos
elementos a modo de profecía: esa declaración de que es una lesbiana intensa
(de ahí arrancarán serios problemas) y esa patada a los ofendiditos, los que
desean ser ofendidos para justificarse a sí mismos moralmente. El estúpido que
se limita intelectualmente porque Bach era un hombre blanco hetero.
La
película empieza con los créditos finales. La primera escena es una especie de charla
TED de 15 minutos, una entrevista en la que Tár habla sobre música. La trama
nos muestra a la protagonista como alguien equilibrada, objetiva, justa, por
encima de cualquier prejuicio. Y, poco a poco, esa fachada se irá desmoronando:
favoritismos, acusaciones de abuso sexual, abuso de poder.
Lo
fácil habría sido poner ahí a un hombre heterosexual. Y ahora mismo sería la principal
candidata al Oscar. Pero el director se la juega al poner a una lesbiana,
suprimiendo cualquier posible perspectiva de género, sacudiendo los clichés y
los juicios. Ni siquiera él juzga. Simplemente nos muestra a Tár en su devenir.
Que no sepamos qué pasó realmente con Krista es otro riesgo añadido a nuestros
prejuicios.
Son
160 minutos de un drama minucioso. No es para todo el mundo. Pero es cine puro,
arriesgado, muy medido en sus tiempos, en sus elipsis, en toda su concepción.
Sólo he mencionado aspectos de la superficie porque hay mucho más para
analizar.
Un
apunte cómico: el momento del acordeón.
¿Es
necesario decir que Blanchett está inmensa, magnífica, descomunal?
1.
Han pasado 105 días desde el final de El
señor de los anillos: Los anillos de poder y Amazon aún no ha despedido
a J.D. Payne y Patrick McKay.
2.
Los Razzie son tan arbitrarios como los Oscar. Pero tienen una ventaja: son
graciosos. Nominación para Blonde
como peor película y para Tom Hanks
en doblete: peor actor en Pinocho
(la de Disney) y peor actor secundario en Elvis.
3.
Los Oscar siguen creyendo que “mejor” es sinónimo de “más taquillera”. Top Gun: Maverick y Avatar 2. ¿En serio?
4.
Madonna iba a hacer una película sobre sí misma. Producción, guión,
dirección… Todo muy egocéntrico. Universal lo ha cancelado. Una posible razón
es que Madonna tiene otras cosas que hacer (una gira). Otra razón,
supongo, es que sonaba demasiado absurdo.
Mi
afición a la cocina es nula y, sin embargo, sé quién es Julia Child. Así
de importante es esta señora. Ni me he acercado a su famoso libro de recetas
pero que yo sepa de su existencia significa lo relevante que es.
Veo
la serie, básicamente, para observar otro lado de Sarah Lancashire. Es
impresionante verla en Happy Valley
y en Julia. Personajes
absolutamente diferentes, radicalmente distintos, casi opuestos. La encallecida
y ruda policía de pueblo por un lado, la encantadora y maravillosa chef por
otro. No es sólo cómo la caracterizan. Es su cambio en la gestualidad, la forma
de moverse, la voz… Realmente parecen dos actrices. Una interpretación
descomunal.
Julia tiene lo justo de biográfica. Hay mucha invención
detrás, sobre todo en lo encajonar morcillas ideológicas de boga en la
actualidad y que a Julia Child le habrían importado un pimiento.
Bien.
Es una serie con buen rollo, con la intención de hacer pasar un rato agradable
y ya está. Pero ya digo: merece la pena por ver los cambios de registro de la
actriz principal.
No
es una serie que se deba recomendar alegremente: engordas mientras la ves.
La
idea tiene un gran potencial, tanto que, de haberse tratado bien, pudo ser el
origen de un nuevo universo. Las guerras entre los Aliados y la República
Adriana (colonias espaciales 8,12 y 13) son sugerentes. De ahí se podría sacar
oro.
Los
dilemas éticos propuestos son muy interesantes. Clonación cerebral, ciudadanos
de distintos niveles, la sociedad de clases llevada al extremo, las relaciones
humanas… Pero ahí está el problema: son ideas que no se desarrollan.
Las
secuencias de acción son espectaculares y están muy mal repartidas. La calidad
de los efectos especiales es apabullante y la imaginación para desarrollarlas
es evidente. Pero coloca una al principio y todas las demás al final.
El
gran problema es su tramo central: cuestiones éticas apiladas, amontonadas,
sugeridas, sin desarrollo. No sólo no profundiza sino que acaba cansando por lo
repetitivo.
El
drama de la madre y la hija pudo ser brillante. Por momentos lo es, pero acaba
devorado en esa vorágine de indefinición, de no saber exactamente qué quiere
contar. Tienen un universo estupendo que pudieron explorar en varias películas
y juntan en una sola todo lo que se les ocurrió.
Los
personajes. El personaje del director Kim es uno de los más estúpidos y
lamentables que se hayan podido ver en una pantalla. No puedes meter un
personaje así en una película de este estilo. Destruye toda verosimilitud, te
saca de la narración, la entorpece.
Demasiadas
cosas juntas muy mal combinadas. Pudo ser una película sobresaliente y no sé si
aprobarla.
De
verdad: qué sugerente y qué caos. Una pena.
-Matar
es como fumar. Sólo la primera vez es difícil.
Un
escalador solitario muere al caer de la montaña. El detective que investiga el
caso está tan seguro de la culpabilidad de la esposa, Seo-rae, como de que se está
enamorando de ella.
Hay
una trama policiaca de suspense, hay drama, hay algún que otro momento cómico
desconcertante pero, sobre todo, es una tragedia romántica, entre Hitchcock
y Wong Kar-Wai, entre Vértigo
y Deseando amar.
Park Chan-wook recupera ese modelo de
femme fatale misteriosa,
contradictoria, incomprensible, una Kim Novak transmutada en una
inmigrante china en Corea, una mujer que transita por el mundo como si fuera
ajena a él, portadora de su propio universo en el que acontecen muertes. Y el
policía, irremediablemente, se ve atrapado. La obsesión por la mujer, el
misterio tras ella, es más importante que el misterio del caso en sí. Así que
el policía se embarca en la misión imposible de descifrar el eterno femenino.
La
planificación y el montaje son asombrosos. Hay ingenio, originalidad. Es
fascinante el modo de mostrarnos la creciente intimidad entre Hae-joon y Seo-rae
mediante recursos cinematográficos. Él la observa con los prismáticos desde
lejos, pero está a su lado, él llama por teléfono, pero la conversación ocurre
en la casa… Y el ejercicio de imaginarse junto a ella provoca que apenas pueda
separarse de ella.
Una
fotografía melancólica, una música envolvente, realzan cada escena, ya sea misterio, drama o romance.
No
es para todo tipo de públicos. Es “lenta” con el tempo adecuado. Aunque
reconozco que a sus 140 minutos sí le sobran algunas cosas, alguna trama colateral,
algunas ocurrencias caprichosas. Pero en cualquier caso es cine de verdad,
alguien que sabe usar los recursos cinematográficos para dar forma a la
historia.