Strindler
llega a
un
pueblo de
Arizona
en 1890. Es un tipo misterioso pero cordial.
Representa de algún modo confuso
al gobierno. Enseguida traba amistad con el alcalde, el sheriff, el
médico… Le lleva en su carreta Borracho, que en español significa
inteligente.
Strindler
da dinero a cambio de nombres de mexicanos muertos. Parece un negocio
exitoso para todos: él obtiene su lista, los demás dinero. Pero es
un trabajo que no está exento de peligros.
Después
veremos que su representación del gobierno puede ser un tanto
espuria y no tiene mucho interés en conocer al fiscal federal.
Entonces quizá sea el representante de una funeraria o un reverendo…
El
director inglés realiza una crítica a Trump, pero no deja
fuera a Europa y parece que se refiere más a Pedro Sánchez:
cómo alterar las elecciones con el voto extranjero. Debería ver la
película. Puede que le dé ideas.
Es
una comedia muy extraña. No pretende ser un ataque frontal y, en ese
sentido, es más inteligente que la reciente Digger.
Esas idas y venidas en carreta, conociendo a gente, son una
exhibición de la actualidad contemporánea. Y no deja títere con
cabeza. Tampoco los mexicanos van a quedar limpios del todo.
Cerca
del final desliza dos secuencias inesperadas. Una de ellas está
realizada con marionetas al estilo de Pesadilla antes de
Navidad y a continuación asistimos a una secuencia onírica
futurista. Creo que se le va la mano.
En
fin, una comedia bastante excéntrica en la que no hay carcajadas
pero si ingenio y que logra cierto suspense mientras asistimos a las
maquinaciones para conseguir la lista de Strindler.
Alex
Cox escribe, dirige e interpreta. Y rueda en Almería con
nostalgia y homenaje paródico al spaghetti western.

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