11/10/26

Animales

La sombra de
Kurosawa es alargada. El infierno del odio es una obra maestra e imitarla sólo puede salir mal. Lo dije hace poco más de un año, cuando Spike Lee hizo su propia versión en Del cielo al infierno y lo repito ahora que Ben Affleck vuelve a toquetear algo que no hacía falta sobar.
Aquí no existe una cuestión ética sustancial acerca de si se debe pagar el rescate de un niño secuestrado por error. Esa ausencia ya es rara porque quita el pilar fundamental de la película. Mi pregunta final es: ¿para qué el secuestro erróneo si no hay un debate sobre ello?
El problema ético se desplaza a los políticos: al relato. A eso de lo que estamos tan hartos. A que mienten, llevan vidas cuestionables como poco, son corruptos, criminales y se aprovechan de su dinero y poder. Todo eso puede ser interesante pero no veo la necesidad del secuestro. El secuestro resulta no ser el problema: es la solución para el relato.
Hay personajes de los que debimos saber más: los malos, el jefe de campaña, Gillian Anderson como la “fontanera”. La pregunta vuelve a ser la misma: ¿por qué están ahí? Para dar solución al político, para que se arregle su matrimonio, se arreglen sus elecciones, se salga con la suya.
En fin. Que los políticos son hipócritas. Vale, pero no es el modo adecuado de contarlo.
Affleck dirige bien. La cámara se mueve con soltura en largos travelling y piruetas y apoya el suspense. Pero el guion es endeble. Dejando al margen lo previsible que es, hay muchos elementos que chirrían: Ramón y su asalto nocturno al malo, lo fácil que Gillian Anderson soluciona todo con su final (ella, tan competente, tan segura), la ausencia de respuestas para agujeros de guion o de carácter de los personajes…
Entretenida pero floja. La que menos me ha gustado de Affleck.

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