La
sombra de Kurosawa es alargada. El infierno del odio
es una obra maestra e imitarla sólo puede salir mal. Lo dije hace
poco más de un año, cuando Spike Lee hizo su propia versión
en Del cielo al infierno y lo repito ahora que Ben
Affleck vuelve a toquetear algo que no hacía falta sobar.
Aquí
no existe una cuestión ética sustancial acerca de si se debe pagar
el rescate de un niño secuestrado por error. Esa ausencia ya es rara
porque quita el pilar fundamental de la película. Mi pregunta final
es: ¿para qué el secuestro erróneo si no hay un debate sobre ello?
El
problema ético se desplaza a los políticos: al relato. A eso de lo
que estamos tan hartos. A que mienten, llevan vidas cuestionables
como poco, son corruptos, criminales y se aprovechan de su dinero y
poder. Todo eso puede ser interesante pero no veo la necesidad del
secuestro. El secuestro resulta no ser el problema: es la solución
para el relato.
Hay
personajes de los que debimos saber más: los malos, el jefe de
campaña, Gillian Anderson
como la “fontanera”. La pregunta vuelve a ser la misma: ¿por qué
están ahí? Para dar solución al político, para que se arregle su
matrimonio, se arreglen sus elecciones, se salga con la suya.
En
fin. Que los políticos son hipócritas. Vale, pero no es el modo
adecuado de contarlo.
Affleck
dirige bien. La cámara se mueve con soltura en largos travelling
y piruetas y apoya el suspense. Pero el guion es endeble. Dejando al
margen lo previsible que es, hay muchos elementos que chirrían:
Ramón y su asalto nocturno al malo, lo fácil que Gillian
Anderson soluciona todo con su final (ella, tan competente, tan
segura), la ausencia de respuestas para agujeros de guion o de
carácter de los personajes…
Entretenida
pero floja. La que menos me ha gustado de Affleck.

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