Gunnar
vive en las montañas y el trato social es casi nulo. Cuando el
gobierno le expropia las tierras se va a vivir a la ciudad. Allí
conoce a Ari, un adolescente que reparte periódicos.
Estoy
muy a favor de las elipsis. Por ejemplo cuando pregunta si pueden
cerrar hoy el trato y, a continuación, le vemos durmiendo en el
coche. Pero hay momentos que no son elipsis, que falta construir el
personaje. No se entiende por qué le afecta tanto el emigrante
afgano.
Algunas
secuencias parecen funcionar como entreactos. A veces parecen meros
anuncios de paisajes islandeses (muy bonitos, todo hay que decirlo)
intercalados antes de seguir la conversación entre el casi anciano y
el niño.
La
película discurre suave y tranquila. Pero hay momentos que resultan
especialmente crueles precisamente porque no se ve la tragedia. Ese
partido de fútbol. Es una radiografía social y familiar
aparentemente casual pero muy cruda.
Me
parece muy forzado que el núcleo de la historia, el giro dramático,
venga de esa escena en que ponen la ropa a secar. Las preguntas del
padre, dos, son muy bobas y todo se sale de madre sin razón. O
igual es que vivimos en una sociedad muy gilipollas en que los padres
son irresponsables (dejar al niño a un desconocido) hasta que
deciden serlo más aún (juzgar sin datos para justificarse por ser mal padre).
70
minutos que, al llegar el final, contra todo pronóstico, te dejan
con muy mal cuerpo.
La
puñetera soledad.