Esta
tercera temporada lleva el subtítulo de Devil
in Silver.
Y tenemos un demonio tras una puerta plateada.
Pepper
se mete en una pelea. Para los polis es un engorro el papeleo y ven
que Pepper puede terminar en la cárcel. Lo mejor para todos es
dejarle en un psiquiátrico durante el finde
y darle de alta el lunes. Lo siguiente de lo que Pepper se da cuenta
es de que ya es martes. Y de que ve cosas horribles. Y hay ruidos
espantosos.
Dan
Stevens
ya estuvo en un psiquiátrico en la maravillosa Legion
(cuando Noah
Hawley
aún sabía dirigir series) así que viene con los deberes hechos
para una trama opresiva y angustiosa. El tipo encerrado con locos sin
que él lo esté. Bueno, quizá llegue a estarlo.
Nadie
sale de allí vivo. Al igual que en las dos entregas anteriores el
terror juega en una doble dimensión. Por un lado presenciamos la
proyección de nuestros propios miedos, errores, pecados. Es la
conciencia o el subconsciente expresándose de modos muy físicos.
Pero ese carácter real parece conectado de alguna manera con otro
terror real, un monstruo, una leyenda. El huevo y la gallina. El
sufrimiento atrajo al diablo o el diablo se alimenta del sufrimiento.
Así, pues, hay dos especies de enemigos.
La
noche de pizza me fastidió bastante la historia. Inverosímil que
permitan esa salida, inverosímil la reacción de Pepper. En cambio
me gustó mucho ese agujero tras la cómoda de Dorry. En el 1x04 se
convierte en una puerta a un espacio real y mental semicompartido.
Me
quedo con Dorry. Judith
Light
compone un personaje complejo, con muchas capas, muy interesante.
Esta
temporada (sólo 6 capítulos) me enganchó, pienso que funciona su
intriga y está dirigida con suficiente habilidad para sostener la
trama. Pero de las tres temporadas es la más tópica y predecible.
El psiquiátrico es un espacio de terror que se ha tratado demasiadas
veces. Tú decides si aún te funciona.

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