Estamos
en ese debate de quién tiene derecho a la información: ¿los
militares, los políticos, una corporación privada, todos los
ciudadanos?
Spielberg
dice que para tener fe en Dios hay que tener fe en los humanos. Hay
que creer en la cultura de la vida, no de la muerte; hay que creer en
que pese a los defectos, haremos un mundo mejor; hay que ser
optimista ante las posibilidades, no ser derrotista.
Cada
plano, cada encuadre, es una delicia. Nunca hay rutina. Puede que no
sea llamativo pero es la mejor posición para la cámara. Escena de
apertura, modo de rodar el combate. Crees que es importante pero deja
de serlo porque la cámara, en el ring empieza a enfocar a un
espectador. Acentuamos la atención en la mochila, movimiento, planos
a través de un cristal mojado, leve contrapicado, picado algo más
elevado… En serio. No hay ni un solo plano aburrido.
Ese
encuadre en que Margaret lee la mente del no-agente del FBI y mezcla
sus cabezas en los reflejos del cristal… Eso es dirigir. No
necesita hablar: lo muestra.
Emily
Blunt: qué pasada. Pero qué buenas las otras interpretaciones.
Josh O’Connor, Eve Hewson, Colin Firth…
Dicen que es ciencia-ficción pero es más una peli de acción y
aventura. Desde el arranque, in media res,
estamos en una persecución. Y no para. Qué poderío esa secuencia
del tren, qué divertido puede ser el cine, qué bien que alguien nos
lo recuerde.
Vamos
a ponerle un defecto para que la peli no sea perfecta: los
marcianitos verdes. ¿No podía inventar otra cosa? Quizá no. Quizá
forman parte de su mitología, de Encuentros en la tercera fase, de su imaginario personal, de su iconografía. Su
tradición cinematográfica. ¿Por qué cambiar el cine clásico si
funcionó, si sigue funcionando?
Porque
vaya si funciona. Alguno dirá que es sólo un
entretenimiento. Pero está rodado con una maestría asombrosa. Un
ritmo imparable hasta llegar a la catarsis y al día de la
revelación.

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