Una
ama de casa, una fisioterapeuta y una vendedora de cremas que han
sido estafadas telefónicamente deciden contratar a un hacker que les
ayude a encontrar a los timadores.
Alucino.
Vaya montaje, vaya ritmo tan impecable. La trama puede parecer simple
y, con prejuicios por ser de Tailandia, se puede pensar en algo
básico. Pero la película hace un despliegue imponente de personajes
y escenarios. Muestra toda la escala, las grandes dimensiones de la
mafia. Y, aún mejor, no es reduccionista. No pinta a los malos como
absolutamente malos, crea motivaciones para el jefe, la número 2,
desarrolla de modo impecable el tinglado económico, las actuaciones
policiales…
Luego
hay otros secundarios que también tienen su interés. El policía de
delitos cibernéticos que sigue su propia pista, la “conejita”
(vaya tío divertido)…
Insisto
en el montaje. Es muy claro en una trama que pudo ser compleja, tiene
cortes inesperados a acciones nuevas, otras veces alterna
perfectamente entre tres acciones simultáneas…
La
película dura 135 minutos pero jamás aburre, te mantiene pendiente
y, cuando le interesa, acentúa la tensión. Hay algunos momentos
inverosímiles pero están tratados de modo cómico, abandonando
temporalmente el drama, especialmente esos en los que las tres
protagonistas arriesgan más el pellejo. También tiene momentos
bastante crudos, palizas muy bestias.
La
persecución en la autopista alcanza una gran intensidad, no tanto
por la espectacularidad -es bastante realista- como por ese paso
hacia el lado oscuro de las protagonistas, ese deslizamiento a
convertirse en algo parecido al enemigo. El final tiene un toque
desolador porque adentrarse en ciertos universos no sale gratis. Hay
un precio cuando juegas con las mismas cartas del mal.
Ese
momento en que cruzas la línea roja.
Si
esta peli fuese americana tendría más resonancia. A mí me parece
mucho más sorprendente por ser tailandesa. Exhiben un dominio
perfecto del lenguaje cinematográfico. Puede ser una estructura
convencional pero está planteada de modo ejemplar.

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