Una
vez definido el tema ya sé el final. No hay suspense. Un presidente
católico con problemas legislativos sobre eutanasia. Da igual quién
sea el presidente porque el que dirige es Sorrentino.
Y uno de los mayores hedonistas, alérgico al sufrimiento, sólo
puede apostar hacia un lado. Por eso el resto del discurso me sobra:
sé lo que va a pasar y siento que me quiere manipular sin
conseguirlo.
Mi
problema es que soy muy racionalista y poco sentimental. Pienso que
matar está mal. Punto. De hecho me parece aún peor matar a alguien
porque se concentra peor que tú o no es tan listo o está más
débil. Pero claro: es que tú eres tan listo y fuerte… La
eutanasia me parece la legalización del genocidio por la razón que
al Estado le dé la gana. Tenemos reciente, en España, el
espeluznante caso de Noelia.
El Estado quita la custodia a los padres, vive sin amor,
desprotegida, historial de depresión, violación, intento de
suicidio, el Estado la eutanasia para que deje de dar problemas. La
chica, en vez de demandar al Estado pide eutanasia. Esas son las
consecuencias de que el Estado decida quién vive o muere. No la
mandanga florida de Sorrentino.
Otro
asunto que me impide entrar de lleno: ese presidente italiano parece
un personaje de hace 40 o 50 años, cuando en las naciones mandaban
estadistas, no publicistas. Este presidente es de la era de Reagan,
Thatcher,
Gorbachov.
No me lo creo en la era de los payasos actuales. Menos aún en un
futuro próximo con un Papa negro que va en moto. Y
eso sí es raro en Sorrentino.
Esperaba un presidente extravagante en la línea del Papa de The Young Pope.
Más
que la cuestión de la eutanasia o los indultos me atrajo el recuerdo
de su mujer fallecida. Es muy bonito cómo recuerda más el modo de
vestir de ella que el de él. Aurora está siempre presente, todo lo
demás parece importarle poco.
Pero,
en fin, a Sorrentino
lo vemos por su estética, no por su contenido. Y ahí está mucho
más sobrio de lo habitual. Y se lo agradezco. Que sea menos
relamido. Más cerca de Las consecuencias del amor
que de La gran belleza.
La
secuencia de apertura ya es muy buena: el cielo, la constitución
italiana, los aviones soltando humo para dibujar la bandera… Luego
están esas habitaciones presidenciales que parecen expresar la
interioridad del presidentes (vacías, solitarias, contrastes de luz
y oscuridad), cosas rarunas como el perro robot o cosas surrealistas
como la llegada del presidente de Portugal (¿a qué viene eso?),
elementos que se entrelazan (las dos visitas en la sala de espera de
la cárcel, el astronauta, ¡su lágrima!). Interesante la idea que
aparece, de diversos modos, de sentirnos ligeros, de liberarnos de la
carga que llevamos.
Toni
Servillo se sale. Supongo que él y el director se conocen tan
bien que ya no necesita que le dirijan. Pero mi personaje favorito ha
sido Coco, muy especialmente en la última escena, como diciendo:
esto es una peli no te tomes nada demasiado en serio.
En
fin. Sorrentino. Sí. Creo que me ha gustado mucho su
moderación. Ya vendrá otra manierista y recargada. Digo yo.

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