Verás.
Hubo un tiempo en que en cuanto Disney o Pixar estrenaban una peli de
dibujos animando yo iba a verla de cabeza. Después ya no tuve prisa
en ver las de Disney. Luego tampoco la hubo para Pixar. Finalmente ir
a ver esos productos estaba en el polo opuesto de lo que considero
Arte o mero entretenimiento decente.
Por
eso no he ido a ver Hoppers
hasta ahora. Me daba miedo. Sonaba a otra homilía de la religión
ecologista. Y, la verdad, el arranque, con esa Mabel que me hacía
pensar en la ignorante palurda de Greta
Thunberg,
no jugaba a su favor. En mi cabeza sonaba: no
la voy a aguantar, me voy a ir de aquí.
Está
bien ser rebelde. Todos lo hemos sido. Pero esta chavala cree estar
en posesión de la verdad absoluta, no escucha, no sabe negociar, no
se para a pensar, impone sus gustos por impulsos. Mabel me cae mal.
A
los 15 minutos la película empieza de verdad. Una locura
divertidísima, un desmadre sin restricciones imaginativas. No es
nada sutil ni busca la profundidad inteligente pero es pura fantasía.
Se han parado a pensar gags ocurrentes y, sobre todo, Mabel va a
descubrir que eso de que unos animales se coman a otros es el modo
natural de funcionar.
Me
encantan todos esos momentos que apuntan a cerrar una frase con algo
dramático o lógico y te rompen la cintura con algo inesperado y
humorístico. Me encantan las referencias cinéfilas. Me encanta, en
modo descomunal, el momento Sharknado.
Sí: rebasa hasta el absurdo. Pero qué divertida. Totalmente
imprevisible.
Y
Mabel aprenderá que la naturaleza, tan bonita, puede ser muy bestia
y destructora.
Muy
bien. Me habría gustado un final un poco menos complaciente pero
pienso en el truño que esperaba y me conformo.

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