Esta
película es pura poesía.
Fotografía.
Maravillosa. Tienes que verla.
Personajes
secundarios. Bastan unas pocas pinceladas para descubrir su honda
personalidad. Singulares, únicos, humanos.
Guion.
No hay frases superfluas. Todas tienen profundidad, enfoque
característico. Están ahí por algo. Significan algo.
Montaje.
Qué preciso, qué entrelazamientos emocionales, cómo evoca
sentimientos y los une. Un disparo recuerda al espectador y al
protagonista otra escena; pero luego al protagonista otra más. Y
otra. Y otra. Los perros conectan al pasado con una conversación
simple (y muy antropológica) que tuvo con su esposa acerca del
conocimiento de los bebés. Casi al inicio vemos unas botas clavadas
en el tronco de un árbol. Ya entenderemos su significado.
Un
leñador en el primer cuarto del siglo XX. Pasa meses talando en los
bosques vuelve con ansias al hogar donde le esperan su esposa e hija.
Hasta que ocurre la tragedia, la marca que define una vida.
Un
poco de felicidad, un mucho de drama, la madurez que sitúa la
perspectiva de las cosas, el sentido de vivir sin comprender, existir en el desconcierto. Cuando
dejas de distinguir arriba y abajo y todo se conecta.
Lo
único que no me gusta es el título. Puedo intuir cierta simbología
acerca del paso de la vida o los cambios o el no permanecer anclado
en un momento, pero no parece muy clara ni relevante.
Clint
Bentley se llama el director. Hay que seguirle. Sabe lo que es el
cine. El cine de verdad.

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