Pienso
que la última película decente de Coppola
fue Legítima
defensa.
Y es de 1997. ¿Qué le pasó después? Ni idea. Sospecho que, en
vez de subirle la tensión o el azúcar, tuvo una
subida de ego.
En
1974, más allá de El padrino, sabía dirigir bien. La
conversación, sin llegar a la altura de su trilogía, es de
lo mejorcito que hizo.
Harry
Caul no podría vivir hoy en día. En 1974 ya temía la tecnología.
Temía los teléfonos, los micrófonos cada vez más pequeños, los
bolígrafos trucados, las cintas magnetofónicas… Las teme porque
usarlas es su trabajo: espía a otros, es el mejor y es muy
consciente del daño que puede hacer.
Harry
Caul también es católico. Contradictorio, como cualquiera. Va a la
iglesia y tiene un belén sobre su mesita, pero también tiene una
amante y roba. Lo importante es que tiene conciencia. Discierne lo
que está bien y lo que está mal. Por eso no acaba de creerse a sí
mismo cuando dice que él no es responsable de lo que otros hagan con
sus escuchas clandestinas. También es alguien que vive en soledad,
con el jazz de su saxo.
Hay
tres momentos esenciales: la escucha inicial a la pareja, la “feria”
de cacharritos para espías, el desenlace.
En
lo formal la película es un poquito agobiante, incómoda, demasiado
cercana a los personajes, como violando eso que los yanquis llaman
“su espacio”, atentando contra la intimidad. En el contenido es
interesante porque se anticipa a lo que hoy presenciamos: no hay
privacidad. Por eso estamos solos.
Y
también que no debes creer todo lo que oigas y mucho menos
interpretarlo seducido por precedentes.
El
último plano es la consecuencia natural de esa obsesión.
Ojalá
el director hubiera seguido esta senda: control de la cámara
adaptada al contenido, ausencia de megalomanía. La peli entera es
para Gene Hackman.

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