22/1/26

La conversación

Pienso que la última película decente de
Coppola fue Legítima defensa. Y es de 1997. ¿Qué le pasó después? Ni idea. Sospecho que, en vez de subirle la tensión o el azúcar, tuvo una subida de ego.
En 1974, más allá de El padrino, sabía dirigir bien. La conversación, sin llegar a la altura de su trilogía, es de lo mejorcito que hizo.
Harry Caul no podría vivir hoy en día. En 1974 ya temía la tecnología. Temía los teléfonos, los micrófonos cada vez más pequeños, los bolígrafos trucados, las cintas magnetofónicas… Las teme porque usarlas es su trabajo: espía a otros, es el mejor y es muy consciente del daño que puede hacer.
Harry Caul también es católico. Contradictorio, como cualquiera. Va a la iglesia y tiene un belén sobre su mesita, pero también tiene una amante y roba. Lo importante es que tiene conciencia. Discierne lo que está bien y lo que está mal. Por eso no acaba de creerse a sí mismo cuando dice que él no es responsable de lo que otros hagan con sus escuchas clandestinas. También es alguien que vive en soledad, con el jazz de su saxo.
Hay tres momentos esenciales: la escucha inicial a la pareja, la “feria” de cacharritos para espías, el desenlace.
En lo formal la película es un poquito agobiante, incómoda, demasiado cercana a los personajes, como violando eso que los yanquis llaman “su espacio”, atentando contra la intimidad. En el contenido es interesante porque se anticipa a lo que hoy presenciamos: no hay privacidad. Por eso estamos solos.
Y también que no debes creer todo lo que oigas y mucho menos interpretarlo seducido por precedentes.
El último plano es la consecuencia natural de esa obsesión.
Ojalá el director hubiera seguido esta senda: control de la cámara adaptada al contenido, ausencia de megalomanía. La peli entera es para Gene Hackman.

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