Kuriachan
es un criador de perros en las perdidas montañas de Kaattukunnu de
India. Y debe ser algo más. Le busca la Marina, la policía, los
naxalitas (terroristas marxistas) y otros. Unos por venganza, otros
por deudas, negocios… Su esposa vive allí sola, con Peeyoos, un
protector contratado por los hijos para que la cuiden.
La
película crea una atmósfera de intriga
muy original. Es como si, de algún modo, el misterio de las colinas
y bosques se entrelazara con el misterio de quién es Kuriachan. Cada
personaje que llega en su busca aporta algo de información. El
suspense va creciendo, los flashback
se remontan hasta la II Guerra Mundial en Malasia, el relato va y
viene, con giros y
sorpresas.
El
ritmo es lento, perfectamente adecuado, desgranando poco a poco la
narración, mostrando diversas perspectivas. La envolvente banda
sonora ayuda mucho a mantener la atención pero
-es lo único malo que le veo a la peli- es algo repetitiva.
El
inicio es un tipo que utiliza como cebo una perra en celo. ¿Por qué?
El argumento se ramifica y crea un personaje complejo, lleno de
secretos y matices. Nunca llegaremos a entender a Kuriachan pero nos
resultará fascinante.
Me
gusta esta historia en la que el protagonista casi ni aparece.
Sabemos de él por referencias, historias, relatos del pasado…
Quedan en la niebla otros muchos eventos. Conocemos algunas razones
de aquellos que lo buscan pero son motivos subjetivos. El relato de
tono calmado va evolucionando hacia el drama turbio y hacia una
violencia progresiva.
Lo
que sabemos de Kuriachan es un eco.
Es el eco de esa persona, los ecos reflejados en otros, un eco que
suena diferente según de quién provenga.
Muy
buena película con un gran final.

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