Estuvo
muy feo cómo Chloé Zhao se vendió a Disney para dirigir
Eternals. Bueno. Dirigir. Dudo mucho que ella dirigiese
algo de esa chapuza. Pero prestó su nombre. La directora cayó muy
bajo.
Así
que ahora me acerco con prevención a esta película. Y creo que no
ha reencontrado su estilo. Vuelve a hacer lo que le gusta pero no es
la misma de antes. A ratos parece Matteo Garrone y a ratos
Terrence Malick. Es mejor eso que Disney pero no es su estilo.
No es la razón por la que me gustaron sus primeras películas.
No
puedo decir que me haya gustado en su conjunto.
Me
parece que tiene momentos puntuales muy logrados y un final que es
una maravilla: la representación teatral. Shakespeare no falla. Si falla es culpa tuya.
Es
una película traumática que, por suerte, se vuelve catárquica en
sus últimos minutos.
La
cuestión es que hay una saña excesiva en el horror de la enfermedad
y la muerte. Reconozco que la directora logra lo que quiere: ser
incómoda, angustiosa, terrible.
La
primera parte, el noviazgo, matrimonio e hijos me parece aburrida e
innecesaria. La segunda parte es la de la enfermedad, muerte y duelo.
Es absolutamente opresiva, con una labor de fotografía trabajadísima
para hacer más perturbador aún todo ese tramo. Cinematográficamente
muy bien pero llega al masoquismo, la exageración. No me gustó pero
puedo apreciar su técnica.
La
última parte es soltar presión, el arte como liberación, encontrar
la paz. Esos 20 minutos finales son una joya y quieren hacernos
olvidar cualquier defecto anterior.
También pienso que la literatura debió llegar antes.
Muy
bien Jesse Buckley y Paul Mescal. Hay que reconocer que
se han trabajado a fondo sus papeles y lo dan todo.

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