Vemos la investigación de Benjamín e Irene pero lo que Campanella investiga es su historia de amor. Una trama policiaca entrelazada con una historia romántica. Ambos asuntos parecían muertos hace 25 años. Pero aún viven y respiran y dan coletazos. Y es ahora cuando las respuestas a todo ello se resolverán.
Hay cosas duras en esta película. Algunas, en mi opinión, un tanto gratuitas. Pero está también ese humor argentino, tan cotidiano, tan fluido, tan natural que ilumina algunos momentos con un aura de parodia. Sobre todo ese intento de Benjamín y su colega Sandoval de hacerse los detectives privados.
El conjunto es muy agradable, con giros de guión, sorpresas y mucha humanidad.
Y, como ya sabes lo mucho que me gustan los planos secuencia, tengo que citar el que Campanella se saca de la manga: asombroso, magistral, deslumbrante. Plano aéreo nocturno de Buenos Aires, aproximación al campo de fútbol, giro para ofrecernos un tiro al larguero, ascenso por las gradas hasta encontrar a Benjamín, correrías por entre la gente para coger al asesino, gol, el asesino se suelta aprovechando el barullo, carreras por los vestuarios. Es imposible hacer eso de un tirón pero consigue que no se vean los cambios de cámara. Flipante.
Ricardo Darín y Soledad Villamil están espléndidos. Me parece muy injusto que no premiaran esta película en San Sebastián y cedieran, una vez más, a cuestiones extracinematográficas, a lo políticamente correcto.