Una de esas películas que destila humanidad
a borbotones.
Sencilla. Como todo lo sencillo, impactante.
Como todo lo sencillo, muy difícil de hacer.
Me esperaba algo como La clase, esa sobrevaloradísima
película que, en realidad, no contaba gran cosa pues, detrás, había demasiado
artificio en el supuesto documental.
Profesor Lazhar comienza presentando un acontecimiento
brutal: una profesora de primaria se ahorca en un aula justo antes de que los
niños entren. Una imagen sencilla y, por tanto, impactante.
Y luego la llegada del nuevo profesor. Que
tiene su historia detrás y al que iremos conociendo poco a poco. No es El club de los poetas muertos, no es
el rollete de oh, capitán, mi capitán.
Son personajes auténticos, vivos.
Me encanta ese momento en que la niña Alice,
en un momento de inspiración brillante, percibe, a su modo, que el suicidio es
una injusticia para la sociedad, una desleal privación de lo que amamos.
Crisálidas que mueren en el fuego.
Una de espías con muchas vueltas y
revueltas.
Hacía 20 años que Cassius, agente soviético,
no mataba a nadie. Pero ahora ha vuelto cargándose a un senador. Paul (Richard
Gere) ya está retirado, pero fue quien se encargó del caso Cassius y le
sacan del retiro.
Como la peli tiene muchos giros de guión
empiezan a dar vueltas a la tortilla enseguida. Y así nos enteramos de un
secreto gordísimo.
Pero ahí no acaba la cosa. A la peli le
queda mucha mecha y llega un momento en que te planteas si habrá algún agente
de la CIA en la CIA, si es posible que todos los agentes de la CIA sean de la
KGB (o lo que haya ahora). Y empiezas a pensar que, si hablasen entre sí y se
pusiesen de acuerdo, se darían cuenta de que ya tienen a Estados Unidos en sus
manos. Pero, claro, como los espías espían a espías, a lo mejor resulta que los
de la KGB (o lo que sea ahora) se han pasado a la CIA sin darse cuenta.
Aparece por ahí, como jefecillo del cotarro Martin
Sheen. Lo mejor de la peli es un chiste con vuelta y revuelta, en el
momento en que se está tomando un café y mira la Casa Blanca y dice:
-Nunca me gustó el café que hacían allí.
Qué majo.
Me gustó, casi siempre, lo que ocurre en la
tierra mágica. Blancanieves, Caperucita, el Sombrerero Loco, Pinocho, Hansel y
Gretel... Me parece muy acertada la escenografía, decorados, vestuario y
también el modo en que las tramas varían respecto a los cuentos originales y el
modo en que se entrelazan.
No me gustó, ni un poquito, lo que ocurre en
Storybrooke, en el mundo real. Ese duelo repetitivo y rutinario entre Emma y
Regina era ya agotador en el cuarto capítulo. La relación entre David y Mary
Margaret, inverosímil e irrazonable, no logró remontar el vuelo.
Pero el verdadero problema de Once Upon a Time es su falta de
humor. No hay humor en ninguna parte y, ¡por todas las hadas!, un cuento sin humor,
sin ironía, es como una pelota cuadrada. Se toman muy en serio a sí mismos,
como si fuese necesario para que nos lo creyéramos.
Ha renovado y habrá segunda temporada1.
En mi opinión, o mucho cambian las cosas, o no tendrá cuerda para aguantar. En
conjunto no me dejó buen sabor de boca. Tras el episodio piloto esperaba
muchísimo más. Sigo pensando que fue el mejor piloto de las series nuevas.
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1. Por cierto, contra todo pronóstico, Community también ha renovado una
temporada más. Así que ya sabes: felicita a todos los friquis que veas.
Podremos seguir viendo cómo Chang esnifa palomitas de colores trituradas.
Utilizar un estilo realista para rodar una
peli realista tiene mucho sentido. El hecho de mover la cámara adecuadamente y
saber captar el desarrollo correcto entre las acciones y el tiempo, tiene
mérito.
Pero eso no lo justifica todo.
Hay que cuidar también la iluminación y,
sobre todo, el sonido.
Por suerte es fácil seguir la trama. En el
fondo, se trata, simplemente, de una operación de narcotráfico que se lleva a
cabo en unos pocos días. Una operación en la que Laura Guerrero, ay Canelita, se
mete en un lío sin comerlo ni beberlo. Y la seguimos en sus andanzas, marioneta
en manos de los narcos hasta que la operación, para bien o para mal, concluya.
Digo que es fácil entender la trama porque
el sonido deja muchísimo que desear. Los motores se oyen por encima de los
diálogos, las voces lejanas más que las cercanas, lo que está fuera de campo
más que lo que está en el campo, los tiros a distancia más que lo que está en
primer plano. Y, oye, por muy realista que quieras ser, una película tiene que
seguir unas pautas. Que se oiga lo que dice la gente, por ejemplo.
Es exigir demasiado al espectador. Tener que
centrar la atención en cosas accesorias hace que el drama pierda mucho de su intensidad.
De hecho, lo que cuenta es terrible. Y sorprende que tenga tan poca fuerza.
Irregular, la verdad.
Pero cuando es grande, es muy grande. Tan
grande que logra lo que pocos consiguen: sorprenderte por encima de cualquier
expectativa.
Ese universo alternativo yo también lo voy a
echar de menos. Nos deparó tan grandes momentos... Ese encuentro final entre
Walter y Walternativo. El modo en que funcionaban juntas Olivia y Altivia. Ese
alucinante encuentro entre Astrid y Altrid. La convergencia entre los mundos
era electrizante. Su separación, se llevó un pedazo de nuestro cerebro.
Septiembre. Qué tío más grande. Y rápido. No
tanto como Olivia dopada de cortexiphan hasta las orejas. Pero muy grande.
Y Bell. William Bell. Tin-tin, tin-tin.
Por cierto, la tal Jessica Holt (Rebecca
Mader) logra ser extremadamente inquietante, un puñetero desasosiego,
mientras la interrogan estando muerta. Esos juegos con los ojos...
David Robert Jones merecía un final más
grande.
En fin. Fringe.
-Gracias por mantenernos a salvo por las
noches.
Y por ofrecernos esos capitulazos. Ahora nos
queda la quinta. Otro giro de tuerca en otro tornillo diferente.
Leches. Salgo corriendo a comprar regaliz
roja. Mi provisión se acabó viendo los dos últimos capítulos.
Está dirigida extraordinariamente bien, con
una esmeradísima planificación, todas les escenas pensadas con una minuciosidad
sorprendente y un control del ritmo (quizá me digas que es lenta, pero no; es
lo que necesita) que casi asusta.
Ahora vamos con Sean Penn. Creo que
su interpretación es genial. Esos andares de viejo y esa vocecilla aniñada; ese
miedo a la muerte y esos enfados infantiles; ese modo de soplarse el flequillo
y esos consejos de maquillaje.
Pero no acabo de creérmelo. Ya lo he dicho
otras veces. Sean Penn hace de Sean Penn. No es un actor
camaleónico. Le ves y dices:
-Eh, mira. Sean Penn disfrazado de un
tío gótico.
Lo hace muy bien. Pero sigo viendo a Sean
Penn. De Frances McDormand no digo nada porque está genial, como
siempre.
Me sorprendió la peli, sí señor. A ratos,
incluso me pareció fascinante.
-Tocó con Mick Jagger.
-En realidad él tocó conmigo.
Pero hay un momento imperceptible en que
pasas de decir "la vida será así" a decir "así es la vida".
Y la vida tiene sus propios planes.
Salvo que los cambies, decidas dejar de ser
un inmaduro y fumarte un pitillo.
No es una noticia que los Estados Unidos
están habitados por un 99% de adolescentes. Una edad en la que entran y no hay
forma de sacarles. Se atascan ahí y no hay manera.
Eso tiene sus ventajas y sus inconvenientes.
Ventajas: son idealistas, corren riesgos,
confían en que todo tiene que salir bien, emprenden cualquier cosa con espíritu
juvenil y encuentran las oportunidades.
Inconvenientes: son adolescentes.
Cabía esperar que entre el 1% de gente
madura hubiese algún crítico de cine. Pero no hubo suerte. Me asombra.
Últimamente llegan al cine chorradas descomunales que vienen avaladas por la
crítica. No como chorradas. Como buenas pelis. Resacón en las Vegas, La
boda de mi mejor amiga, la producción en cadena de Apatow...
Y en algunas he picado.
Ésta, por ejemplo. Pero, curiosamente, no
tengo nada que decir sobre ella. Otra más. Y ya está. Tonta, rutinaria,
previsible. Ni un chiste original, ni una gracia con la que puedas decir: ahí
se han esmerado.
Johnny Depp aparecía (eso es lo
que me mató) durante unos cinco minutos en un papel tan memo como todo lo
demás.
Tendré que volver a ver La fiera de mi niña, para compensar.