Debatir
acerca de lo que es inteligencia, suele plantear muchos problemas. Es un perro
inteligente, es un delfín inteligente, es un ascensor inteligente...
La
película, en mi opinión, hace bien en acentuar la idea de la conciencia de sí
mismo. César, ese mono (perdón, simio), adquiere conciencia de sí mismo. Quién
soy yo, cuál es mi pasado, mi destino. Qué hago con mi vida. Y,
consecuentemente, distingue entre bien y mal.
A
la postre, los simios están mejor caracterizados que los humanos, cosa que
resulta un poco inquietante. Aunque, si han adquirido conciencia de sí mismos,
es lógico que tengan su propia psicología y que se ahonde en el desconcierto de
una especie que despierta a la racionalidad y la voluntad.
Y
otro tema interesante que me apuntaba io:
los humanos no tenemos competencia. ¿Qué pasaría si la tuviéramos?
Me
encantó esa palabra:
-No.
Toda
evolución es revolución.
Total,
que César está en casa.
Y, como le va bien en la
taquilla, supongo que ha venido para quedarse.
Dejé
de ver V y dejé de ver The Event. A V no le concedí más
oportunidades. Pero me seguí descargando cosas de The Event para cuando
tuviese tiempo de verlas. Había mejores cosas en aquel momento.
Así
que ahora me puse a ello.
The Event la veía la gente con conciencia culpable.
Sabían que era mala, nociva, pero, oye, era la serie de ciencia-ficción del
momento y tampoco había nada mejor. Los friquis de la ciencia-ficción hablaban
de ella en voz baja para que no les oyeran, en pequeños corrillos en las
bibliotecas, en butacas parejas del autobús. Cuchicheos en la barra de un bar.
Si
les descubrías, te pedían con lágrimas en los ojos que no se lo contaras a
nadie para que no cayera la vergüenza sobre ellos y sus familias de generación
en generación. Extraterrestres, culturas ancestrales, conspiraciones políticas,
amenazas biotecnológicas, experimentos de longevidad, hackers... Todo junto y
revuelto acumulando tópico sobre tópico.
Al
Presidente Martínez le preguntaban que qué hacían con Jarvis, el hombre que
había intentado matarle dos veces. Y Martínez respondía:
-¿Quién?
Mañana
me preguntarán si he visto The Event y responderé:
-No
me suena.
Estoy
convencido de que Bram Stoker está
revolviéndose en su tumba, tratando de abrirse paso en el ataúd. Le gustaría
emerger en la noche y poner en su sitio a tantos que han pervertido el sentido
de sus vampiros.
Todos
aquellos que apreciamos en su esencia la maldad inherente de un vampiro,
padecemos la actual plaga de chupasangres caballerosos y enamorados, pálidos
aspirantes a Keats.
Pensé
que las cosas no podían ir a peor, pero está claro que, antes de que la cosa
mejore hay que tocar fondo. El fondo es, espero, Casi humanos. Tan al
fondo que los vampiros enamoriscados casi son aceptables. Casi humanos es un paso
más allá: el vampiro existencial, primo hermano de Kierkegaard.
O
peor: de Sartre. Porque, claro, para
estos monstruos, el infierno son los otros. Monstruos tristes, deprimidos,
aquejados por su no humanidad.
Un
vampiro y un hombre lobo buscan piso. Cuando creen que han encontrado el lugar
adecuado descubren que hay una inquilina: una fantasma. Y, entre los tres, componen
unos capítulos aburridísimos en los que se dedican a llorar y lamentarse por lo
que son. Y sus problemas existenciales son soberanamente estúpidos.
Rescato
una frase:
-Que
esté muerta no significa que no pueda tener una vida.
Heroicamente
llegué hasta el capítulo cuatro. Eché un vistazo al ambiente de la versión
original inglesa. No soporté más.
Soy
de esos que piensa que Madrid es una ciudad genial, pero no para vivir en ella.
Es una ciudad para pasar un tiempo, unos días. Una estancia temporal.
Fascinante para pasear por sus calles modernas y sus barrios antiguos, para disfrutar
de su oferta deportiva y cultural, ir al parque de atracciones, visitar
monumentos, ver museos o disfrutar, en compañía de edp de la Filmoteca Española.
Ayer
proyectaban Let's Get Lost, el documental de 1988 sobre Chet Baker. Un tipo con una
sensibilidad musical extraordinaria y una notable vena autodestructiva.
Drogadicto, manipulador, maltratador... Muy curioso cómo la película pone de
relieve ambas facetas. Su madre, sus ex esposas, sus hijos... Todos le admiran
por su música. Todos le quieren lejos de sus vidas.
Al
principio no me gustó ese blanco y negro tan fuerte, tan contrastado. No se
filma así una playa de los años 80. No me encajaba. Luego empiezas a conocer a Chet Baker y lo entiendes. Es perfecto.
Es
su color, su vida. La vida de la trompeta de jazz más suave, más silenciosa,
más románticamente dolorida.
A
todos nos gustan los dinosaurios.
Es
la curiosidad por algo que existió y ya no. Si nos hablan de extraterrestres no
creemos en ellos o los consideramos una improbabilidad esperanzada. Pero los
dinosaurios estuvieron ahí y no lo podemos negar, una posibilidad no cumplida.
Dinosaurios,
anomalías temporales, conspiraciones, un poquito de terror, otro poquito de
romance...
Lester.
El burócrata integral. De los pies a la cabeza. Ama los papeles, los trámites,
el juego de la puñalada por la espalda. Snob, frío, flemático y, en el fondo,
encantador. Aunque si repites esa calumnia te presenta a su abogado. Caray.
Nunca pensé que un burócrata me pudiera caer tan bien.
-No
es el fin del mundo. Si lo fuera, alguien me habría mandado un memorándum.
Helen
Cutter. Cada vez que habla, cada vez que aparece, el mundo está a punto de
venirse abajo. Una mala estupenda, retorcida, maquiavélica. La muerta más
buscada. Saltando aquí y allá.
Estos
guionistas ingleses tienen muchos arrestos y hacen lo que sería impensable en
una serie americana. Se cargan a los protagonistas, les sustituyen con otros
definitivos... y se los vuelven a cargar. Nunca puedes estar seguro de quién
sobrevivirá, quién estará en la siguiente temporada.
Me
encanta Primeval. Sencilla, sin grandes aspiraciones. Unos pocos
capítulos por temporada. Pero eficaz porque apela cantidad a nuestros
atavismos*.
-Si
te cojo, serás la única especie extinguida dos veces.
__________
*Esta palabra va por Pera.
Curioso.
Paul
Weston, a sus 57 años se pregunta qué sentido tiene la profesión que ha estado
ejerciendo. Duda de su tarea como psiquiatra.
Pero
no sólo lo hace él. Lo hacen los guiones. Y se nota. Se nota mucho que no
tienen nada que añadir a lo que ocurrió en las dos temporadas anteriores.
Todos
los problemas vienen del padre y de la madre, de la preocupación por eros y
thanatos. La transferencia. Siempre la transferencia. Que sí, que es un tema
sugerente e interesante al que le sacan partido en la primera temporada. Pero
¿seguir insistiendo? ¿No es repetitivo? ¿Siempre la transferencia?
Y,
como Paul Weston señala, acude a terapia para solucionar un problema y
encuentra uno nuevo: la transferencia. Que no existía hasta que comienza a
hacer terapia.
Amy Ryan es la otra
psiquiatra, un muro de hormigón inescrutable y misterioso contra el que se
estrellan todas las triquiñuelas y habilidades de Weston, la mujer que le pone
firme.
Para
el espectador, para el menda, las historias de los pacientes no sólo no son
interesantes sino que, muchas veces son aburridas. Y Gabriel Byrne sigue siendo el paradigma de una sociedad que no sabe
adónde va ni qué quiere.
Siempre
me pitufaron los cómics de Los pitufos, particularmente
aquellos en los que aparecían Johan y Pirluit. Todavía estoy
esperando a que alguien pitufe el filón de esas aventuras. Tenían misterio,
aventura, humor y una ambientación medieval bastante pitufa.
Por
eso sabía que me iba a defraudar esta película. Estaba concebida como un cruce
de Encantada
y Alvin
y las ardillas. No son el polo opuesto de Los pitufos pero, en
realidad, muy poco que pitufar.
Aun
así, debo admitir que tenía algunos puntos buenos. Esa vacilada sobre el pitufador
mágico Google, un descerebrado Hank
Azaria en el papel de Gargamel, el encanto de los pitufos.
Neil Patrick Harris no tiene mucho que
aportar pero hay que reconocer que lo intenta y que consigue dar cierto peso a
ese padre de familia, un papel bien pitufo al de Cómo conocí a vuestra madre.
Y Jaima Mays, salida de Glee
también tiene su gracia cursi.
La
cosa es que, pudiendo ser un desastre total, no lo pitufa.