En
este blog siempre pretendí hacer entradas cortas.
Pero
ante algo tan genial, tan descomunal, tan arrasador, tan radical a la hora de
transformar el lenguaje cinematográfico, habría que hacer una tesis doctoral.
Varias tesis doctorales.
Así
que o me explayo o resumo mucho.
En
una palabra.
Amén.
1845.
Oregón.
O
alrededores.
Tres
familias de colonos, bajo la guía del dudoso Meek, se han perdido. Buscan agua
desesperadamente.
Sin
épica, sin ideaslismos, sin leyenda. La vida dura, áspera, despiadada, del
salvaje Oeste. La antiaventura llevada al extremo.
La
película tiene un año (ganó el León de Oro en el Festival de Venecia) y no hay
perspectivas de que se estrene en España. Lo entiendo, en cierto modo. No sé
qué clase de público aceptaría este tipo de cine en el que un pañuelo llevado
por el viento se convierte en acontecimiento.
Kelly Reichardt se la juega con una
historia sobre la esperanza y la desesperación. Una metáfora de la vida en la
que, la única opción, es seguir adelante y apostar con los ojos cerrados en quién confías,
a través de grandes silencios y de paisajes tristes y bellos.
Y
el oro. El oro que no se puede beber.
Me
gustó mucho Los limoneros, así que tenía ganas de ver lo nuevo de Eran Riklis. Aunque se estrenó a
mediados de junio, llegó ahora a la ciudad.
El
viaje se inicia con cierta normalidad, sólo rota por el carácter huraño del
director de recursos humanos. Pero, a medida que la historia avanza, todo se
vuelve más y más absurdo.
Sinceramente:
el engranaje de comedia y drama no funciona nada bien.
Hay
algunos personajes atractivos, pero el hilo de la trama no termina de funcionar.
El guión se estanca a ratos, es lenta, vuelve a levantar el vuelo, tiene
elementos sugerentes, vuelve a caer...
La
cónsul era la más graciosa, entusiasmada con el mero hecho de ver a un judío,
cargando ella misma con sus maletas. Lástima que aparezca poco. Lo del tanque
me parece excesivo, aunque tiene su carga metafórica.
Así
es el mundo, el hermano mundo. ¿Cuándo me cansaré de ti? Cuando no coma pan en
Cuaresma, cuando el vino se aburra de mí.
Vivir
y morir en Jerusalén.
¿Y
ser enterrado?
Alicia
en el bosque. Se ahogó en el río.
Dejó
atrás una cruz de plata.
Y
un botón del abrigo.
Marchlands.
La casa en que vivía. En la que sus padres y abuelos no sobrellevaron muy bien
su muerte en 1967.
Marchlands.
La casa que, en 1987, fue ocupada por un matrimonio con sus dos hijos. La niña
pequeña ve a Alice, la niña muerta, y juega con ella.
Marchlands.
La casa que, en 2010, pertenece a otro matrimonio que espera un bebé. Y la
futura madre empieza a percibir cosas extrañas.
El
montaje cuenta alternativamente las tres historias. Pero algunos personajes
aparecen en varios momentos.
Otra
de esas series británicas (5 capítulos) que aúna el perfecto ambiente de 3
épocas distintas, de 3 generaciones, de 3 comportamientos sociales. El fantasma
de Alice une todo ello. Como crónica de los cambios sociales (que es lo que la
serie es) creo que podría haber escogido otras opciones. Si metes un fantasma
debería haber más terror o, cuando menos, más sustos.
Y
el fantasma de Alice, como todos los fantasmas, debería hacerse entender mejor.
Así, su madre no habría tardado 43 años en comprender lo que realmente pasó.
Porque era un niña buena y su muerte no tenía sentido.
Askor.
Vaya
palabrita para servir como pista.
La
película no llega a la hora y media por una buena razón: no tiene nada que
contar.
Mammuth
es un tipo bruto, elemental, cortito, buena gente. En la búsqueda de papeles
para la pensión de jubilación, recorre en moto los lugares por los que trabajó.
Hasta que el guión se cansa del proceso y entonces pasa a ser otra cosa.
Encuentros
con gente estrambótica, personajes absurdos, cada uno más imposible que el
anterior.
Ya
sabía yo que los franceses eran gente muy rara. Pero tanto, tanto...
Con
tanto individuo ridículo, inevitablemente era necesario que hubiese algunos
momentos graciosos. La sobrina de Gerard
Depardieu, por ejemplo. Tan elemental como él, loquísima, artista (por llamarla de alguna manera)
incomprendida. Ahí tenemos una forma original de hacer un curriculum vitae. O ese momento en que Yolande Moreau descubre que le han robado el móvil y busca una
amiga, una bolsa, una pala y ácido, dispuesta a cargarse a la ladrona... Hasta
que, ya en ruta, descubren que no saben a dónde van.
Una
road movie sin rumbo que va dando
tumbos por las cunetas.
Toda
esa parte que se desarrolla a mediados de los 60, en Berlín Este, me pareció
cine. Cine de verdad. Con todos los ingredientes de las pelis de espías,
narrado con lenguaje clásico, la psicología de los personajes definiéndose
escena a escena.
Esos
tres jóvenes y presuntuosos agentes del Mossad secuestran al doctor Vogel. Pero
el cirujano de Birkenau es demasiada mente para ellos y les dejará secuelas
para toda la vida.
Luego
viene la parte de Israel-Ucrania a finales de los 90. Vete tú a saber por qué,
alguien tenía interés especial en que la peli durase menos de dos horas. La
cosa se muestra atropellada, confusa, deslavazada. Y es una pena porque es la
parte de Helen Mirren.
Y
Sarah escribiendo un libro para contar la verdad. Lo que ella, pobre, cree que
es la verdad.
El
conjunto me resultó satisfactorio, solidísimo en ocasiones, pero podía haber
sido muchísimo más de haber cuidado mejor la segunda parte.
Vive
en un barrio marginal de París. Sus padres tienen un bar y 10 habitaciones que
alquilan a inquilinos con tendencia a morir de cirrosis. Stella sabe demasiado
de la vida y poco del colegio.
Stella es un ejercicio de nostalgia setentera, un
viaje a la infancia de la directora para revisitar cómo un niña (tal vez la
propia Sylvie Verheyde, tal vez
cualquier niña) se convierte en adulta.
Tierna,
conmovedora, triste, desgarrada.
No
dice mucho, no cuenta mucho. Pero filmada casi siempre en primeros planos o
planos medios, los sentimientos van surgiendo a flor de piel. Lo que se intuye
es mucho más de lo que se ve.
Me
encantaron los arrebatos de mala leche de la chavala. Qué bestia.
Final
abierto, muy abierto. Demasiado abierto. De esas ocasiones en que uno se
plantea si sabían o no cómo acabar. Eso de aprovechar
la oportunidad suena como un cierre un poco caprichoso.