Y
después de una peli de Pixar, hay que hablar del corto que la precede.
Tampoco
se puede decir que se hayan herniado esta vez. Así como Cars y Cars
2 me parecen las pelis más flojitas de la productora, el corto de Vacaciones
en Hawai me parece también el menos esmerado.
Podría
ser, sin más, un extra para el DVD de Toy Story 3. Aunque hay quien dice
que se trata de un comienzo para Toy Story 4. Veremos.
En
cualquier caso la idea de fondo es bien sencilla: seguir dando caña a Kent, el
novio de Barbie. Es impresionante la mala baba que desarrollan contra él. El metrosexual
más lerdo del planeta. Tampoco es que la Barbie quede bien, claro, pero lo de
Kent es ensañamiento visceral.
Imagino
que alguien en Pixar tiene una hija encaprichada con Kent y ésta es la
respuesta. Llegados a este punto creo que la casa juguetera podría presentar
una demanda. Daños, perjuicios, alevosía...
Los
que pensábamos que los de Pixar eran magos, hechiceros, entidades supremamente
inteligentes procedentes de otro planeta, respiramos aliviados al comprobar,
con Cars,
que no, que cometían errores y eran humanos.
Y,
como el hombre es la única criatura que tropieza dos veces con la misma piedra,
aquí está Cars 2.
¿Por
qué? Porque Cars es una máquina
vendiendo productos de merchandising. A
los niños les encanta Rayo McQueen, Tom Mate (desde ahora Sir Tom Mate), Sally
y todos esos cochecitos y cochecitas. Y se venden como churros.
Pero
eso no quita para que Rayo McQueen sea también Rollo McQueen.
Dicho
lo anterior, sin negar que Cars o Cars 2 sean un bajón en
Pixar, siguen siendo un subidón para cualquier otro. Técnicamente fabulosos y
con ocurrencias originales. ¿Cómo dibujo una japonesa con kimono en modelo coche?
Voilà. ¿Y cómo dibujo una mamma italiana en modelo coche? Voilà. ¿Y a la reina de
Inglaterra? Voilà. Los circuitos son una delicia y el prólogo a lo James Bond
está muy bien.
Pero
las ocurrencias no son la película.
Rollo
McQueen. Sólo para peques.
Y
para eso ya está Disney. No Pixar.
Acabo
de conocer a esta chica y ya me he enamorado.
Se
llama Merida y tiene un tipazo alucinante.
El
problema es que tendremos la primera cita en el verano de 2012 y no dejo de
preguntarme cómo podré esperar tanto tiempo hasta que nos veamos cara a cara. Pues
como siempre en estos casos: estando pendiente de fotos, de un nuevo teaser, de
un nuevo tráiler, de clips...
Merida
es Brave.
Pero parece que en países de lengua española van a mancillar el título con un Valiente
o un Indomable.
Brave va a ser algo grande. Seguro.
Creo
que Brave
es el intento definitivo de Pixar de demostrar que esto de la animación no es
necesariamente para niños.
Me
preocupa que ningún cine haya puesto todavía a la venta entradas anticipadas.
Aquí
está el primer teaser.
De
todas las historias que aparecen, la única que me interesó fue la de April. A
veces la de Walter. Y ese bronca fenomenal, maravillosa, entre Paul y Gina, los
dos psiquiatras frente a frente.
April.
El tema del cáncer, por supuesto, puede enganchar por sí sólo, especialmente si se tira de sentimentalismo. Pero no es sólo
eso. Es el jaleo de emociones entremezcladas en una chica que quiere
controlarlo todo: leal, exigente, responsable. Con un hermano autista. No
quiere quimio para no preocupar a sus padres. O tal vez para no tener que
hacerse responsable de su hermano al que, por otra parte, quiere con locura. O
tal vez porque no sabe pedir ayuda. O tal vez porque ha roto los esquemas de su
vida. O tal vez... Buf. Impresionante Allison
Pill con todo ese despliegue.
Intenta
ser algo más cinematográfica que la primera parte: algunos exteriores, más
ambientes, una subtrama judicial, algo más centrado en la vida del psiquiatra (Gabriel Byrne también tiene sus
momentos para llorar, irritarse, gritar), un poquito menos en la de sus
pacientes. Pero lo teatral sigue pesando mucho y el hecho de que sólo una de
las cinco historias sea buena...
Veremos
qué pasa con la tercera.
Paul Giamatti y Amy Ryan. Formando
matrimonio.
¿Hace
falta más reclamo? ¿Por qué no había colas kilométricas ante la taquilla? Dos
de los más grandes intérpretes que tenemos son causa justificada para gastarse
el precio de la entrada.
Me
cuesta evaluar estas películas. Es una historia sencilla. Pero hace falta tanto
trabajo y esfuerzo para contar una cosa sencilla, equilibrada, cabal. Están
equilibrados los géneros (comedia, drama, superación personal y deportiva) y
están equilibrados los personajes (principales y secundarios) con un desarrollo
milimétrico y preciso.
Es
una de esas historias que no te conmociona pero que contemplas sin despegar los
ojos. Y, cuando acaba, te gustaría que siguiera contándote cosas comunes y
cotidianas.
Al
final, el título parece contradictorio. Todos pierden. Hasta que lo piensas un
poquito y sí, es verdad, todos han ganado un poco en humanidad, en cariño, en
aprecio por los demás.
Y
lo piensas un poco más, con calma y, entonces, madre mía, qué bien escrito
está.
Hay
palabras muy precisas que se deberían usar con más cuidado.
Engendro,
mamarrachada, casposa.
No
las he usado mucho en el blog porque, con demasiada frecuencia se abusa de
ellas para definir algo que, simplemente, es malo.
Engendro,
mamarrachada, casposa, son términos que le vienen a esta película como anillo
al dedo. Hacía mucho que no me iba de una sala de cine. En concreto desde La
vida es un milagro de Emir
Kusturica. Y pensé que nunca volvería a ocurrir porque uno va haciendo
callo.
Pero
esta película ha sido excesiva. Media hora fue excesiva. James Franco, Natalie
Portman (no había aparecido cuando me fui), Zooey Deschanel...
Metidos en una película de serie Z, presuntamente cómica y sin ninguna gracia.
Cutre. Muy, muy cutre. Supongo que el presupuesto se fue entero en pagar a los
actores porque todo lo demás parece sacado de Ed Wood sin la sinceridad de Ed
Wood.
No
hay nada peor que ser cutre y alardear de ello. Ser pretencioso mientras vas
con la bragueta bajada.
Todo
el mundo ha comentado algo de esta serie. Así que comento para no ser menos.
Pero advierto que, como con muchas otras series galácticas de la HBO, a mí me
dice más bien poco.
Adaptaciones.
Hay una idea muy extendida que considera que todo es adaptable entre medios:
cine, literatura, televisión, cómic, noticia periodística, teatro... Si
funciona en un medio tiene que funcionar en otro.
Y,
oye, pues no.
Juego de tronos es una historia épica, una historia
de espada y brujería, una historia de mitos y leyendas. Eso se expresa, necesariamente
(no exclusivamente pero sí necesariamente) en las batallas. Necesariamente
porque hay que hablar de traición y cobardía, de muerte y sangre y
mezquindad (eso que tan bien se le da a la HBO) pero también de valor, honor y
coraje (y eso no se le da tan bien). De épica, vamos. De lo que viene hablando
la épica desde que se escribió La Ilíada. Y Juego de tronos no
muestra batallas porque es televisión y no tiene medios.
No
está bien. No está bien que el espectador diga: te lo perdonamos porque de
antemano ya hemos decidido que era una serie buena. Te lo perdonamos porque
eres la HBO. Te perdonamos que nos hagas una peli de Humphrey Bogart sin Humphrey
Bogart.
Y,
oye, pues no.
Al
menos, yo me alzo y digo: no.
Aunque
todo el mundo diga que Juego de tronos es la pera, lo
cierto es que no debería haberse hecho. Porque es inadaptable a la televisión.
Qué más quisiera yo que me hicieran una serie de 200 capítulos sobre El Señor
de los Anillos. Pero si me vas a esconder las batallas, la
reconstrucción de las ciudades élficas y las escenas de masas porque, ay, se te
va de presupuesto, entonces mejor no lo hagas y confiesa: no todo es adaptable.
Juego de tronos es, admitámoslo, bastante
chapucera. Todos aquellos que decidieron que era genial meses antes de que saliera
a antena, todos los que decidieron que era buena porque era HBO, están, por
supuesto, con el síndrome de Estocolmo. Pero es chapucera. En muchas cosas.
Esas batallas son elipsis brutales que, lamento decirlo, acentúan la confusión
que los capítulos centrales mostraban: no hay un norte, hay demasiados personajes,
la mayoría de ellos no están perfilados, la geografía es inverosímil (las
distancias a veces parecen enormes, otras un paseo, los cuervos son casi como
usar gmail...), los efectos especiales dejan que desear... Cualquiera que no
tenga síndrome de Estocolmo se tronchará con los dragoncitos. Simpáticos pero
tronchantes.
¿Que
tiene cosas buenas? Pues sí. Es verdad. Tiene momentos y momentazos. Pero es
innegable que también hay mucha chapuza de por medio. Ni es una obra maestra,
ni es genial. Está lejos de la perfección, es mediocre, da una de cal y otra de
arena.
Ha
sido un error adaptarla y punto. Quiero decir que, si se mira con objetividad,
hay muchos agujeros. Y me juego mi colección de cromos de Kim Possible a que el
invierno, el tan cacareado invierno, y los muertos vivientes, defraudarán.
Una
cosa me alegra: que hayan escogido, para destrozar, a Juego de tronos y no
a El
Señor de los Anillos. Si esto se lo hubiesen hecho a Tolkien, muchos estaríamos lanzando
cabezas de directivos de la HBO en catapultas.