Sé lo que intenta hacer Anton Corbijn. Quiere una película que imite las novelas de Graham Greene, una de esas historias de gente habituada a realizar actos objetivamente inmorales y que, finalmente, acaban redimiéndose.
Pero una cosa es lo que quiere y otra lo que logra.
El punto de arranque es bastante absurdo: una planicie helada, lugar a propósito para un francotirador. El francotirador espera a que Clooney se ponga a cubierto para dejarse matar de un tiro.
El desarrollo es aburrido, enormemente aburrido, lento, lánguido. Corbijn cree que su bonita fotografía es suficiente para mantener al espectador contento como unas castañuelas. Y qué va.
El desenlace, previsible.
Y el resto de estrenos de la semana son inferiores a esto. Qué mal, ¿no?





