Habría sido muy fácil convertir esta película en algo similar a Caballero sin espada. Kevin Costner haciendo de un James Stewart comprometido con la sociedad no es descabellado.
Habría sido igualmente fácil afilar los colmillos y, en plan demoledor, destrozar a base de sarcasmo e ironía todo el planteamiento de veneración a la democracia, al derecho al voto, al ciudadano que cree que pinta algo en todo ese entramado político.
Lo que no se admite es que la película quiera jugar las dos bazas: la bufonada y el patrioterismo. Pretender hacer ambas cosas a un tiempo implica volverse más manipulador que las supuestas manipulaciones que critica.
El último voto es presenciar, en dos horas, cómo Homer Simpson se convierte en Barack Obama.
Demasiado.




