Este
mediometraje se distribuye de modo bastante equitativo en dos partes.
La primera incide en la psicología esquizoide de Frank Castle, el
trauma de su pasado y su obsesión. La segunda parte es la violencia
física desatada.
Me
gusta mucho el primer tramo. Está muy bien contado. Vemos a Frank
nítidamente en primeros o medios planos. Todo lo demás a su
alrededor está borroso. Calles, gente, peleas, robos, crímenes…
Un entorno difuminado al que quiere ignorar, el deseo de ser inmune,
aislándose de la sociedad. Me pareció una gran idea para reflejar
la psicología del protagonista. Lo curioso es que por muy esquizoide
que sea Frank, la ciudad que le envuelve es aún peor.
Y
así se explica lo siguiente. Las consecuencias de haberse cargado a
los Gnucci, la familia de mafiosos. Van a por él. Y la lógica
respuesta a lo John Wick. Pero aquí la violencia no es
estilizada, no está coreografiada en la belleza de una danza. Aquí
es bestial, cafre, sucia, con sangre pegajosa. Hay minutos brutales,
hay una secuencia de sadismo atroz. Y lo agradece una niña.
Creo
que la brevedad, los 45 minutos, acentúan lo salvaje de la
propuesta. No hay tiempo para dispersarse en otros temas, otras
tramas, nada que nos despiste de esa angustia existencial.
Transitamos la urbe enloquecida, nos codeamos con la inmoralidad de
Frank y terminamos por aceptarlo como la mejor -la única- opción
que hay. Es necesario El Castigador. Jon Bernthal
tiene al personaje bien asumido.
Una
historia contundente, visceral, que va al grano. Problemas
psicológicos personales, injusticia social generalizada. Cuando
ambas cosas chocan todo el mundo sale perdiendo.
Estas
historias de Marvel separadas del canon (como La maldición del Hombre Lobo), esquivan la estética y el tono monocorde de
las grandes producciones. Por ello son mucho mejores: arriesgadas,
con estilos diferentes, apostando por géneros distintos y
estructuras originales.
Impactante.

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