25/12/24

Nosferatu (1922)

En Transilvania y en los puertos del Mar Negro, Varna y Galati, se ha declarado una epidemia de peste.
Ubicar cronológicamente el cine muestra cómo avanza con aciertos y torpezas. Y, de repente, te topas con gente como Griffith, Eisenstein o Murnau que, también con sus defectos y experimentos, tienen una madurez narrativa sorprendente.
Murnau, en su Nosferatu, deja claro el poderoso dominio que tiene, ya en 1922, del lenguaje cinematográfico. Tiene sus fallos (el viaje de regreso de Hutter, particularmente) pero el director exhibe un control imponente del montaje y la planificación, habilidad para escamotear lo que no puede rodar en las escenas marinas, picados desde los tejados con un sentido muy dramático, uso de la arquitectura de un modo muy expresivo, apertura a los patios o campos…
Contemplada desde el ahora, esta reinvención de Drácula, puede parecer obsoleta. Pero para los coetáneos era absolutamente revolucionaria. De todos modos pienso que sigue siendo bastante perturbadora y aún llaman la atención algunos de los recursos visuales que emplea.
Era una película expresionista sin llegar a los extremos del kammerspielfilm, añadía elementos góticos, jugaba con lo onírico… Pero al mismo tiempo era muy real, sin la distorsión exagerada de sus colegas alemanes. No era terrorífica por su sempiterna atmósfera agobiante. Al contrario: aterrorizaba por su realismo, porque ese ser demencial aparecía en nuestra vida cotidiana, en nuestras casas y nuestras calles.
Veremos qué hace hoy Robert Eggers, 102 años después, con su reinvención pero, sinceramente, al igual que Murnau se alejó del título de Drácula para aportar su propia visión (por problemas legales, ciertamente), creo que Eggers debería jugársela, no aprovecharse de un título existente, y ver qué tal le iba con su propio monstruito.
Tembién te digo que a Murnau le bastó con hora y media, no sé por qué necesitará Eggers los 132 minutos. Eso sí: qué chulería estrenar la peli en Navidad.

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