En
Transilvania y en los puertos del Mar Negro, Varna y Galati, se ha
declarado una epidemia de peste.
Ubicar
cronológicamente el cine muestra cómo avanza con aciertos y
torpezas. Y, de repente, te topas con gente como Griffith,
Eisenstein
o Murnau
que, también con sus defectos y experimentos, tienen una madurez
narrativa sorprendente.
Murnau,
en su Nosferatu,
deja claro el poderoso dominio que tiene, ya en 1922, del lenguaje
cinematográfico. Tiene sus fallos (el viaje de regreso de Hutter,
particularmente) pero el director exhibe un control imponente del
montaje y la planificación, habilidad para escamotear lo que no
puede rodar en las escenas marinas, picados desde los tejados con un
sentido muy dramático, uso de la arquitectura de un modo muy
expresivo, apertura a los patios o campos…
Contemplada
desde el ahora, esta reinvención de Drácula,
puede parecer obsoleta. Pero para los coetáneos era absolutamente
revolucionaria. De todos modos pienso que sigue siendo bastante
perturbadora y aún llaman la atención algunos de los recursos
visuales que emplea.
Era
una película expresionista sin llegar a los extremos del
kammerspielfilm,
añadía elementos góticos, jugaba con lo onírico… Pero al mismo
tiempo era muy real, sin la distorsión exagerada de sus colegas
alemanes. No era terrorífica por su sempiterna atmósfera agobiante.
Al contrario: aterrorizaba por su realismo, porque ese ser
demencial aparecía en nuestra vida cotidiana, en nuestras casas y
nuestras calles.
Veremos
qué hace hoy
Robert
Eggers, 102 años después, con su reinvención pero, sinceramente, al igual que Murnau
se alejó del título de Drácula
para aportar su propia visión (por problemas legales, ciertamente), creo que Eggers
debería jugársela, no aprovecharse de un título existente, y ver
qué tal le iba con su propio monstruito.
Tembién
te digo que a Murnau
le bastó con hora y media, no sé por qué necesitará Eggers
los 132 minutos. Eso
sí: qué chulería estrenar la peli en Navidad.
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