A Ray le llaman Houdini. Su profesión es
fugarse de cárceles de alta seguridad para demostrar cuáles son los fallos y
así poder corregirlos. Pero ahora alguien ha decidido encerrarle de un modo
permanente.
El tipo que se come el marrón es Stallone.
Se encontrará con un preso llamado Schwarzenegger y con un alcaide llamado
Caviezel. Además están presentes Amy Ryan y Vinnie Jones.
La película tiene la decencia de moverse en
el terreno de lo carcelario, el plan de fuga, el conseguir cosas necesarias
poco a poco para evadirse. La acción queda en un segundo plano pero como están Stallone
y Schwarzenegger, al final, claro, el primero tiene que hacer la gran
machada y el segundo tiene que coger una ametralladora en las manos.
Funciona bien si uno no se lo toma muy en
serio. Entretenida, tramposa y con algún truquito simpático.
Es un gran acierto el de esta película.
Dura sólo hora y media.
Por lo demás es tan floja como cabía
esperar.
Casi un calco del original. Incluso en
pequeñas chorradas como que el director del colegio se confunda con el nombre
de Carrie.
Lo de repetir tres veces lo del caldero con
sangre de cerdo pensé que ya sólo se veía en las películas tailandesas.
En ocasiones, esta es una de ellas, me
pregunto para qué diablos necesita la gente un guionista y si de verdad le
pagan. Porque, la verdad, una chica psicótica con poderes telequinéticos podría
dar para mucho.
Te pones a pensar 5 minutos y seguro que se
te ocurren mil maneras diferentes de hacer la película, de inventar cosas
nuevas.
1. Sólo vi los tres primeros capítulos de El mentalista. Y de eso ya hace.
Pero los fans acaban de descubrir al malote Red John. Como muchos otros
secretos desvelados, ha provocado decepción. Cuando se acaba el misterio, ¿para
qué seguir? Y es que la insatisfacción mueve al mundo.
2. Antes las series se parecían al cine.
Podías estar más o menos al día. En breve serán como los libros. Y podrá haber
obras maestras, perdidas en las estanterías de las serietecas, que pasen
desapercibidas.
3. La presunta cadena de televisión Cuatro
emitió un capítulo de Homeland
y tres de The Americans. Todo
seguido. Dicen los habitantes de la noche que acabó a las 2:00 horas. No tuvo audiencia,
luego a la gente no le gusta.
4. John Noble, incluso en The Good Wife, arrastra algunas
manías de Fringe. Siempre con
un as en la manga. Hasta después de muerto. Además hubo un largo cameo de Donna Brazile. Los políticos no suelen prestarse tanto a esto. Pero lo mejor fue el careto de Eli
al ver a Lemond Bishop. Y otra vez Eli al oír el nombre del bebé: Peter.
Bron/Broen acaba siempre sus temporadas pateándote
allí donde más duele. Es decir, justo ahí. Aunque esta vez nos dolió menos a
los que hemos visto la tercera de The
Killing. Los finales son bastante semejantes.
-Saga Norén, Länskrim Malmö.
Saga Norén. Menudo personaje. La pobre. Superior
a todos a un nivel intelectual e inferior en un nivel emocional. La frialdad
con que analiza el momento en que intentaron secuestrarla, la delirante
conversación con la suegra, su trivialización del sexo...
Aunque hay palabras que le hieren. Y eso le
desconcierta. Porque no es racional.
El caso. Jorobadamente enrevesado. Con
algunas triquiñuelas y algún fleco suelto, pero muy del estilo Wallander,
investigando docenas de cosas que no llevan a ningún lado a un ritmo imparable.
Ahora bien. El final. Yo le veo la falla
racional que la propia Saga Norén debería ver. Ella misma, estricta en el
cumplimiento de la ley, está pendiente de pagar por un delito: el que endilgó a
sus padres.
¿Tirará de ahí una hipotética tercera
temporada?
¿A quién te pareces más? ¿A papá o a mamá?
Ups. Pues a ninguno. Porque algo ocurrió en
el hospital y dos bebés fueron intercambiado al nacer. Y hasta seis años
después no se descubrirá el pastel.
Me ha parecido alucinante el tratamiento
psicológico, emocional y de los caracteres. El hospital plantea una salida
simple. Pero la situación no es simple y pronto habrá dos posturas. Y luego
cuatro porque hay cuatro progenitores. Y luego, claro, los niños son también
humanos, seis.
Pero también está esa atención a los
detalles. La huella de una mano en cerámica, el tallo de una planta encontrado
entre los cojines del sofá, el robot arreglado, las fotos de la cámara que
logran quebrar una voluntad estirada...
Es un punto de partida y una propuesta de
gran complejidad. Y han debido ser muchas, muchísimas horas, las que se han
dedicado a trabajar un guión que alcanza una enorme y aparente simplicidad.
Sin sentimentalismos ni gaitas
hollywoodienses.
Cormac McCarthy
es un tío difícil de adaptar al cine.
Que se lo digan a Billy Bob Thornton,
a los hermanos Coen, a John Hillcoat.
La cosa es que estos directores se lanzaron
a adaptar porque lo que leyeron les gustó. Les tocó. Ese mensajito que McCarthy siempre cuela de rondón, les llegó de
algún modo y quisieron transmitirlo.
Lo que hicieron puede gustar al espectador
más o menos. Pero hicieron la película que quisieron hacer movidos por una
empatía, apasionados por el modo de hablar del mal, el bien, la conciencia...
Pero el director de El consejero no lo ha dirigido así. Lo ha dirigido porque le ha
caído encima como encargo de la productora. Dudo mucho, en realidad, que el
director haya llegado a entender de qué iba realmente el guión, cuál era el mensajito de McCarthy.
Y, claro, si no entiendes cuál es la idea de
fondo, el eje sobre el que tienes que articular todo el relato, el sosiego de McCarthy
se convierte en un tostón. Si por algo destaca El consejero es por su embarullamiento narrativo.
Y las dos horas pesan como una losa.
Uno sabe que va a ver una de princesas de
Disney. Otra. Otra más. Así que entra en la sala con las piernas temblando y el
espanto dibujado en la cara.
Pero, mira tú, la apertura es arrolladora
con una canción genial. Y le sigue un toque triste y otro absolutamente
trágico. No es la sacudida de Bambi
pero no está mal.
Y Elsa y Ana, las princesas, se quedan la
una con un maldición y la otra sin entender qué pasa. Soledad y miedo.
Hay momentos espectaculares. Muy
espectaculares. La construcción del palacio de hielo te deja helado. Pero
también están esas cancioncitas recicladas que sobran casi en su totalidad. Hay
dos mozos galanes rondando a Ana, cosa que está bien porque no sabes qué va a
pasar (y en el resto de princesas de Disney lo sabes desde el minuto uno).
Total que, pese a tener un final
excesivamente complaciente, el guión tiene sus giros imprevisibles durante
buena parte del metraje.
Además, los trolls son muy simpáticos. En
cuanto al muñeco de nieve a mí me resultó cargante, pero seguro que a los
peques les encanta.
-Cuidado con mi trasero.