La
CIA, la antigua ex KGB, el MI6, el SD6, el Pacto, La Alianza, Profeta 5, APO,
La Fundación, los Seguidores de Rambaldi... Todas estas agencias y algunas más
tejen un juego geopolítico-mágico. Aunque las traiciones entre las agencias de
inteligencia son, en realidad, mentiras de familia. Deberían haber vendido un
GPS genealógico al comienzo de cada temporada. Irina Derevko es el eje. Su
marido, su amante, sus hermanas, sus hijas, su yerno, tejen una red de
traiciones y mentiras donde cada uno pertenece a un bando.
La
paranoia está muy bien. Alias agota casi por completo el
cine de espías, la combinatoria de posibles engaños: mujeres que engañan a
maridos, hermanas a hermanas, padres a hijos, madres a hijas... Después de Alias
apenas hay espacio para la sorpresa.
Ahora
bien. Una cosa es la paranoia y otra el paroxismo. En este intento de
sorprender al espectador, capítulo tras capítulo, en una nueva revelación
imposible, Alias acaba por resultar predecible y, en cuanto Vaughn se
casa, empezamos a buscarle tics a la esposa para ver si es una traidora (como
así resulta: ¡sí, lo adivine!). Y cuando matan a Vaughn con una granizada de
tiros a la que nadie puede sobrevivir, sabemos que él sigue vivito y coleando
en alguna parte (¡sí, qué listo soy, qué astucia la mía!).
En
fin, creo que en las últimas temporadas se pasaron varios pueblos. Puñeta: si
es que hasta salían zombis. En un capítulo se abalanzaban sobre Nadia, Sidney
tenía que abandonarla bajo un montonín de muertos vivientes, Irina decía que
seguro que salía adelante, tú te quedabas flipando, con el convencimiento de
que era tan imposible como cierto y, al siguiente capítulo, allí estaba Nadia
(Servicios Secretos Argentinos, CIA), chica fuerte, corriendo por las calles de
Rusia, huyendo de centenares de zombis y dejándose capturar por un mercenario a
las órdenes de su malvada tía, Elena Derevko (KGB, El Pacto), lista para ser
rescatada por su madre Irina (KGB, Profeta 5), su padre Arvin Sloane (CIA, SD6,
La Alianza, ONU, APO, El Pacto, Profeta 5), su padrastro Jack Bristow (CIA,
APO), su hermanastra Sidney (SD6, CIA, APO) y lista para ser resecuestrada por
su otra tía Katya Derevko (KGB, El Pacto), los Seguidores de Rambaldi, La
Fundación, su propio padre o su propia madre.
Por
no hablar del momento en que Sidney da a luz un bebé, acompañada de su padre
(CIA) y de su madre (KGB), mientras se atacan y mientras les atacan, todo a la
vez.
Por
cierto, me gustó eso de aprovechar el embarazo real de la protagonista e
insertarlo en la trama de la última temporada.
Otra
serie basada en hechos reales.
Una
cosa tan evidente como la existencia de los milagros es, sin embargo,
cuestionada por muchos. Hay gente que sigue buscando explicaciones racionales a
sucesos que no las tienen. Que España ganase un Mundial de fútbol, por ejemplo.
O
Los
mercenarios.
Que
se haga una película como Los mercenarios, con un héroe de
acción de 64 años, que la gente vaya a verla, que triunfe en taquilla y que se
prepare una segunda parte, es racionalmente inconcebible. Uno puede buscar
explicaciones (campaña de publicidad, reparto implicado...) pero no nos
engañemos. Quien piensa así es un fundamentalista lógico.
El
notición es que, en Los mercenarios 2, intervendrán Jean-Claude Van Damme (51 años) y Chuck Norris (¡71 años!).
Imagino
que, junto a las cámaras y los focos, tendrán en el plató una unidad entera de
cuidados intensivos.
Probablemente
la serie más perturbada de la televisión.
En
el Valle de San Fernando, no se sabe por qué, aparecieron de pronto zombis,
vampiros y hombres lobo. Los agentes de una comisaría tratan de controlar el
cotarro.
Admito
que puede tener su gracia y su carga crítica contra el mundo de Hollywood. Me
gustó especialmente el meneo que le dan a Glee (odio esa **** serie). La
cuestión es que, después de ver los 20 minutos del episodio piloto, ya está
todo contado. Reventar cabezas con bates, atravesar vampiros con estacas,
sangre salpicando a la cámara... Supongo que hacer una serie así tiene como
único objetivo el que, una vez a la semana, la gente pueda desahogarse, poniéndose
en la piel de los polis y dar rienda suelta a los deseos de sacudir a alguien.
Mejor
que un partido de fútbol, creo. Pero dudo que puedan sacar algo más.
Una mezcla
imposible entre The Shield, True Blood y The Office.
Con
la ventaja, eso sí, de que los polis no tienen restricciones a la hora de hacer
uso de la violencia.
-Si
corren tanto como ese, los dejamos marchar.
No
hace falta que te diga que Jim Jarmusch
es un cineasta peculiar.
Con
frecuencia demasiado peculiar.
Ahora
bien, el tío tiene su gracia cuando quiere. Un colmillito venenoso y otro
socarrón.
Extraños en el paraíso puede ser muy
divertida si la miras con los ojos adecuados, si no te asustas por esa forma
tan extraña de concebir cada plano, encerrados entre dos planos negros, como si
te dejara tiempo para reflexionar sobre lo que has visto o para tratar de
anticipar lo que vendrá.
Eva,
Willie y Eddie. Un trío que conforma una relación que no lo es.
Distanciamiento, aproximación, desajuste. Tres tiempos bien divididos en los
que, lo que llegaremos a averiguar de ellos será más bien poco. Pero con escenas
tan divertidas como la del cine, la del friqui de la playa o la de la tía
despidiéndose de ellos antes de irse a Florida.
Florida,
el paraíso.
Pero
el paraíso está en horas bajas y los caminos de Eva, Willie y Eddie van a tomar
un rumbo inesperado.
No
es la vida.
Es
Jim Jarmusch.
Cuando
uno deja de distinguir entre realidad y ficción, se acostumbra a creer que las
invasiones alienígenas son tan cotidianas como coger el autobús.
Pero
si esa invasión alienígena ocurre en el XIX, en el Oeste, entonces, para
muchos, la cosa ya no está bien. Las invasiones alienígenas tienen que ocurrir
aquí y ahora, en Los Ángeles o New York. Tienen que dejar una carnicería en
Central Park y desplazar destacamentos militares por el Área 51. Los que
piensan así, ponen reparos si las invasiones alienígenas se salen de ese marco.
No
es que Cowboys y aliens sea el no va más dentro del género de la
ciencia-ficción, pero he visto cosas muchísimo peores últimamente.
Y
no me hagas dar títulos.
Está
bien. Ya que insistes, los daré: Skyline, Falling Skies, Invasión
a la Tierra...
Hay un buen reparto que crea personajes
interesantes. Un malvado Harrison Ford,
un más malvado y desagradable Paul Dano,
una Olivia Wilde que es la
prostituta del saloon y que sabe
mucho más de lo que cuenta, un divertido Walton
Goggins, un Sam Rockwell en plan
James Stewart en El
hombre que mató a Líberty Valance, un Daniel Craig en su papel...
Obviamente,
y como su título indica, es una peli muy marciana. Asumido eso, se deja ver con
facilidad y hasta resulta entretenida.
Ahora
bien. Con lo bien que funcionaba como Western, ¿era necesario meter aliens?
Alguien pensó que sí. No le ha salido bien del todo pero, francamente, después
de lo visto y leído, podía haber sido mucho peor.
Siempre
he tenido prejuicios contra esta clase de dibujos: Los Simpson, Bob
Esponja... En general contra casi todas las series animadas.
Es
un requisito (y el gran problema) de toda serie animada: la rapidez en la
ejecución, los trazos simples, la ausencia de trabajo. Falta en ellos esfuerzo,
meterse en faena, sudor. Falta tensión artística. Sé que es una necesidad
porque hay que producir de hoy para mañana. Pero eso no significa que esté
bien. Eso significa que se busca la comercialidad con el mínimo esfuerzo.
Las
antípodas del Arte.
Es
una manía mía, qué le vamos a hacer.
Por
eso agradezco cuando veo una serie animada un poco mejor hecha que las demás.
Phineas y Ferb no lo está. Se llena de ritmo, de persecuciones
alocadas, huidas, secuestros, nuevas fugas. Y es un problema sobre otro
problema. No hay tiempo para asimilar sus referencias cinéfilas, sus filosofías
de cambiar cromos de Sartre por Kierkegaard, sus alusiones a Georgia O'Keeffe. Cosas que, por otra
parte, los niños no pillan.
Alguna
frase divertida hay:
-Soy
una mente científica. Eso dice mi horóscopo.
Ser
adulto, dice Candace, sólo puntúa con un 3.
Como
la peli.
John
Taylor acaba de robar 300.000 dólares. Busca refugio, con mentiras, en una
casa. Pero es la casa más inapropiada que podía elegir. Porque allí vive
Warwick Wilson. Y Warwick Wilson no es lo que parece.
Nick Tomnay es uno de esos
tipos que sabe colocar las cosas.
El
montaje, la edición, como se le quiere llamar, es un elemento pocas veces
valorado y, a menudo, decisivo.
Cuando
tienes a alguien que sabe que esta escena va aquí y esta otra allá, cuando sabe
el momento justo en que debe empezar, acabar e introducir un nuevo elemento, la
película sube muchos puntos.
No
había ido a verla hasta ahora porque el tráiler me pareció pésimo, no invitaba
a un visionado. Pero, sorpresa, El perfecto anfitrión está muy por
encima de lo esperado. Con una coincidencia descabellada, es verdad. Eso sí se
le puede reprochar. Pero conseguir que hasta eso resulte verosímil o, por lo
menos, admisible...
Muchas
veces me recordaba a La huella. Otras muchas a Hard
Candy. Psicosis, en cierto modo. A caballo entre unas y otras, te sumerge en
un duelo onírico, en una casa donde la tensión y el desconcierto se reparten de
modos iguales.
La
misma historia de siempre. Pero contada de modo originalísimo.
Atrévete.
Acepta la invitación a cenar.
Sólo
un consejo: no pidas vino tinto.