
Digamos que a Cronenberg le gusta esa clase de cine porque puede usar cómodamente su petulancia. Y funciona bien. No me quejo.
Pero Cosmópolis es, sencillamente, ridícula. Finanzas, poder. Y ni siquiera sabe de qué está hablando. Sus teorías, sus tonterías, son de un infantilismo infumable. Revestirlo de esa trascendencia es mucho más enfermizo que el mundo que pretende retratarnos. Enfermizo y muy, muy aburrido. Qué tostón de diálogos.
Y, desde luego, es una pena ver, en semejante engendro, a un impresionante plantel de secundarios (Juliette Binoche, Paul Giamatti, Samantha Morton), coreando la mediocridad de Robert Pattinson.
Sé que pretende. En quién se inspira. Qué película emula principalmente y a qué otras secundariamente. Pero no lo voy a decir para que no se piense que las comparo. Cosmópolis no deber ser comparada con nada digno.
Estoy buscando un adjetivo peor que patético, lamentable, atroz. Y no lo encuentro.
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