Tras
la masacre provocada por Godzilla, Japón se encuentra en plena
reconstrucción, sobreviviendo como puede. Y entonces aparece un
nuevo monstruo más destructivo: Ghidorah.
En
una breve secuencia Yamazaki dice a los gringos: esto es lo
que se siente cuando arrasan tú país. Ésta es la experiencia que
vosotros nunca habéis tenido.
Godzilla
contra Ghidorah. Dos monstruos. Esta vez la metáfora es acerca de la
escalada armamentística. ¿Solución o problema? Pero toca otros
muchos temas. La reconstrucción, el resentimiento que busca la
venganza, la soledad de un monstruo o de un niño… Secuencias de
hospitales llenos de heridos, huérfanos (pobre Akiko),
ruinas… Muertes personalizadas y, desde luego, ese sentido de
sacrificio extremo que tienen los japoneses y que alcanza la épica.
Retomamos
a la familia protagonista de la primera película y enseguida vemos
las secuelas físicas y psicológicas. Siguen apostando por la
importancia del drama, por dar entidad a los personajes, por hacernos
sufrir con ellos. Quizá demasiado: a veces caen en el melodrama y
pienso que es su único y pequeño defecto. Las heridas de Noriko
tendrán mucha importancia.
Lo
que más me llama la atención es como mezclan un rodaje dramático
clásico con los más modernos efectos especiales; escenas que
realmente parecen sacadas de películas japonesas de los años 50 y
secuencias de acción de una perfección técnica deslumbrante.
Si
en algo ha cambiado la película respecto a la original es en su
escala monstruosa, a tono con lo que cuenta. Parece que han rebasado
los 100 millones de presupuesto, mucho comparado con la anterior pero
aún así poco con lo que habría costado en EEUU.
Bastante
lograda, emotiva, entretenida, consciente de que la historia de los
personajes engancha más que dos monstruos dándose tortas. Aunque en
esta ocasión también la pelea logra sorprender.

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