Es, en muchos aspectos, bastante
satisfactoria.
No es fácil encontrar una serie que
entrelace tan bien los aspectos autoconclusivos y los aspectos seriales. Continuum consigue ser las dos cosas
al mismo tiempo sin que chirríe.
La segunda cuestión que a mí me ha parecido
interesante es la de la legitimidad del poder, del Estado. Y, por contra, las
medidas que se pueden y deben tomar para derrocar un régimen injusto. O
mantenerlo. Continuum es lo
bastante ambigua y, a la vez, sugerente, como para que no nos podamos poner de
parte de nadie por entero. Por supuesto no con los terroristas que matan
inocentes. Por supuesto no con la poli que sirve a un Estado antidemocrático.
La tercera cuestión es, lógicamente, la del
destino. ¿Se puede cambiar el pasado para originar un futuro distinto? ¿Lo que
están haciendo los personajes está ya escrito, ya ocurrió, siguen un camino
determinista?
No me gusta cuando se sacan algunas cosas de
la manga, como la de ese hombre venido del futuro, en el último capítulo, y del
que no sabíamos nada. Al capítulo final le falta clímax, potencia. Creo yo.
Necesitaba algo más grande, con más impacto.
Pese a todo el marco de la segunda temporada se ve
obligado a cambiar en algunos parámetros desde que Kagame muere. A no ser que
vuelva a aparecer, desde otro futuro a otro pasado. Esperemos que no opten por
lo fácil.
El primer acierto es el diseño, la
plastilina, la filmación stop motion.
Eso la hace distinta, más personal. El segundo acierto es su humor británico,
que también marca una diferencia con el habitual tono americano. Véase el lema
de la Royal Society.
-The Royal Society. Jugando a ser Dios desde
1487.
La peli tiene grandes momentos humorísticos.
La reina Victoria como una psicótica anti-ecológica, Charles Darwin
como un trapacero mentiroso o una Jane Austen parrandera colgada del
hombre elefante. Uno se pregunta a qué vienen algunas cosas, pero tiene gracia.
El problema, claro, es que no sabes a qué
vienen. El dodo cambiando de manos una y otra vez, convertido en el eje de la
película, acaba por cansar. Así que, si miras la peli como una sucesión de
gags, está bastante bien. Como guión, como desarrollo argumental, deja bastante
que desear.
A veces, decir que una película es bonita,
constituye el peor elogio que le puedes hacer.
Pollo con ciruelas lo es. Tiene una planificación maravillosa,
tiene ideas visuales sugerentes y tiene un montaje original. Son bonitos esos
cambios entre los colores saturados de un cuento y el blanco y negro, lo es la
entrevista con la muerte, lo es la parodia del cine americano de los 50 y los
dibujos animados y ese toque mágico y surrealista.
Hay cosas bonitas, sí. Pero, como al
violinista de la película, le falta alma, atrapar el suspiro de la vida. O tal
vez algo verdaderamente profundo que contar. La historia trágica romántica
tiene fuerza en los pocos minutos que dura, pero carece de emoción en todo su
desarrollo previo.
La prefiero, con todo a Persépolis. Satrapi se está
depurando. La directora está buscando, se nota. Entre su anti-islamismo y su
anti-americanismo está atrapada, tratando de encontrar la solución. Habrá que
estar pendiente para averiguar hacia dónde va.
Qué bajón, tú.
Normalmente, en una peli, cuando hacen
experimentos con humanos para mejorarles, dicen:
-Han experimentado con humanos.
Y a otra cosa. Pasas a una escena de acción,
a las tortas, a la diversión. Todo el mundo sabe que es absurdo lo que pasa.
Todo el mundo quiere ver acción. Que para eso ha pagado.
En El
legado de Bourne no. Hablan, hablan y hablan. Diálogos demenciales en
los que intentan convencerte, con términos pseudocientíficos, de que eso es
verdad. Y vengan explicaciones neuronales y aclaraciones ya aclaradas y
politiqueos de parvulario.
Acabé hartito de las pastillas y el virus. Y
nunca me aburrió tanto un tiroteo como el del laboratorio (el del caserón está mejor).
Y cuando llega, al fin, al final, por fin,
la escena de acción dicen que la poli ha perdido el rastro. A dos tíos que van
sembrando la destrucción por la ciudad. ¿En serio? Tíos: seguid las motos,
coches, autobuses, carreteras desguazadas. Seguro que se ve hasta en Google
Maps.
Jeremy
Renner y Rachel Weisz
se equivocaron al meterse en este tinglado.
-He estado durmiendo dos años. No he venido
a hacer amigos. He venido por el dinero. ¿Lo pillas?
Y pensé que eso era una declaración de
principios de Ridley Scott, que había venido a quedarse con mi pasta.
Una vez más. Luego me di cuenta de que, si esa hubiese sido su intención, no
habría dicho dos años. Habría dicho dos décadas. Pues eso es lo que, más o
menos, lleva durmiendo y atracando a los espectadores.
Por suerte eran palabras del personaje, no
de él.
La cinta no vale para redimir al director,
pero es de lo mejorcito que ha hecho en mucho tiempo, una película de
ciencia-ficción bastante sólida. Las escasas escenas de acción están muy mal
hechas (en el sentido de que son confusas) y tampoco importa mucho. Y la
ligazón con Alien es más bien
escasa y sacada de la manga en el último momento.
Y, pese a todo, hay un sentido de misterio por
el inmenso espacio, de asombro por lo ignoto, personajes con fondo (trabajarse
un poco más a dos de ellos no habría venido mal) y ese toque de aventura hacia
lo desconocido que son los elementos sugerentes que conforman la buena
ciencia-ficción.
La he disfrutado. Especialmente esa cirugía
tan angustiosa, tensa, turbadora y terrible que Noomi Rapace se dispensa
a sí misma. Charlize Theron se ofrece casi tan bruja como en Blancanieves y la leyenda del cazador.
Ridley Scott a punto está de
encontrarse consigo mismo.
Y, ya puestos, mi más sentido pésame por Tony
Scott. Una pena que él ya no nos vaya a sorprender de nuevo.
Tras huir de un secuestro, Jill va a clases
de lucha, lleva una pistola y vive permanentemente asustada. Lo bueno del
asunto es que la policía piensa que todo son invenciones suyas. Así que, cuando
el secuestrador se lleva a su hermana, la agencia del orden persigue a Jill
porque es una zumbada con un arma.
La premisa de El fugitivo dio muchos frutos. Alguien que es perseguido y, a
su vez, persigue. Sin rastro
sigue esa línea de modo sencillo. No sé si por falta de presupuesto o de modo
deliberado en busca de realismo.
La trama no da para mucho y la dirección
tampoco se ha herniado en busca de novedades. Amanda Seyfried da un paso
más, huyendo de las pelis románticas, persiguiendo otros géneros. La chica
funciona en su papel y logra generar tensión pero todo es un poco sosillo.
Es lo que tiene Pixar. Nos ha
malacostumbrado. Si no nos da una obra maestra nos sentimos defraudados.
Y Brave,
obviamente, no es una obra maestra. En el momento en que esa bruja macbethiana
pone en marcha su maldición, las situaciones se vuelven un poquito tópicas, un
poquito Disney, con un mensaje más obvio, más explícito, menos adulto, menos
sugerido.
Y, pese a todo, hay que reconocerle, desde
luego, su apabullante calidad técnica, pero también una concepción dramática
muy por encima de cualquiera de sus competidores.
Ya lo he dicho muchas veces y lo vuelvo a
repetir: el peor enemigo de Pixar es Disney. Y el problema reside en que, a
medida que pasa el tiempo, las fronteras entre una y otra son cada vez más
confusas.