
Walter White (y este capítulo lo refleja de modo impresionante) tiene la pavorosa lucidez del seréis como dioses. Es alguien capaz de decir esta frase atronadoramente silenciosa al final del capítulo:
-Te perdono.
Y el porque yo lo digo y el porque yo gano. Yo. Walter White ha llegado, definitivamente, a la frontera que marcaba Chesterton: tan cerca de creerse Dios que está aún más cerca de volverse loco.
Pues sí. Ha vuelto. Con un plan en el que van incluidos unos imanes. Divertidísimo. Idea de Pinkman, por cierto. Qué grande es Pinkman.
Aunque debería estar corriendo lo más lejos posible.
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