El
narrador es el cámara. Se enamora de Meimei que le cuenta un retazo
de un romance pues ella quiere saber si el narrador la buscaría como
Mardar buscó a Moudan. El narrador sigue desarrollando la historia
por su cuenta hasta que se vuelve realidad.
Suzhou
es el río que atraviesa Shanghai. Sucio, contaminado. Suzhou también
es el lugar donde se cruza Vértigo con Transporter.
Mardar tranporta cosas en su moto sin hacer preguntas hasta que un
día le piden que transporte a Moudan.
Las
sirenas de la mitología occidental (griega) son distintas a las
chinas. Las griegas vienen a ser como las femme fatale de la
época, las chinas son buena gente pero los hombres las persiguen
para quedarse con sus lágrimas que se convierten en perlas. En la
película podemos entenderlas de las dos maneras, un interesante
entrelazamiento de simbologías. La femme fatale se une de
algún modo con el eterno femenino. Complejo, interesante.
La
fotografía es una maravilla. Una maravilla deprimente, mugrienta.
Dice el narrador que la cámara no miente. Y eso es mentira. La
cámara siempre miente. Y él lo sabe. De hecho la historia se va
fabricando ante el capricho de la cámara. No me gusta que la mueva
tanto. A veces exagera deliberadamente el movimiento mareante. No era
necesario. Ya es todo bastante incómodo.
Y
triste. Una historia triste. O varias tristes. Ahora a ver cómo
empieza la siguiente historia. El narrador, probablemente, contará
otra historia triste de vodka y sueños rotos.
No vayas a pensar que porque he mencionado Transporter
es de acción. Es una trama ligeramente onírica, serpentina,
circular. Un cuento trágico, gótico, ambientado en la China de
comienzos de siglo.
Una
buena película que sólo necesita 80 minutos para calar hondo.

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