Un
ejemplo práctico de cómo el cine olvida al público. Basta con ver
los títulos de crédito iniciales de ésta y de su predecesora para
comprobar que técnicamente, la actual, es mucho peor. Nos plantamos
en la primera escena. Hace 20 años era una apertura de suave
comedia, ligera, chispeante, rauda. Ahora estamos en modo drama,
buscan una tensión, mal planteada, con los móviles, prolongan en
exceso un suspense que te da igual porque los protagonistas se han
enterado antes que tú.
La
peli arranca cuando aparece Emily
Blunt.
Aquí es un acierto ver a las tres actrices principales en, más o
menos, equilibrio de poder. Esa situación de choque/coalición entre
Blunt,
Anne
Hataway
y Meryl
Streep
provoca estupendos diálogos: ácidos, corrosivos, divertidos.
Stanley
Tucci
viene a ser el árbitro. Qué grande. La lealtad con patas. Lo
subrayan demasiado. Poco sutiles.
A
ver. Lo entiendo. Hay que hablar de la crisis del periodismo. Impreso
y digital. La publicidad, lectores, redes. Vale. Pero no me gustan
sus aspectos morales (en esta película) ni su discurso hipócrita.
El contexto real es que hay que adaptarse. La parte de los lamentos,
el drama, la muerte, me sobra, estoy muy a favor de la comedia pura y
dura.
No
hay un núcleo. Hay… misiones. Misión salvar Runway,
misión entrevista a Sasha, misión los Hamptons, misión transición
de poder, misión Milán, misión
volver a salvar Runway…
Es como una webserie. Es
tiktoker.
Unos minutos a un tema y pasamos a otro.
Me
entretuvo, no está mal. A ratos es divertida, a ratos se esmeraron
con los diálogos. Creo que ha perdido su esencia en el camino. Esto
es otra peli de moda, distinta, donde Miranda Priestly quedó
diluida. El montaje y el ingenio en la planificación está muy lejos
de la película original.

